“Hay lesiones recientes y viejas”, dijo. “Esto se mantiene. No es accidental”.
El oficial asintió y fue directamente a la oficina.
Valeria todavía estaba allí, sentada muy erguida, como si todavía estuviera esperando que alguien recordara su apellido, su vestido, su papel en las revistas.
Lentaron sus derechos frente a la misma ventana donde, minutos antes, había estado bebiendo vino.
Ella no gritó.
Ella no se rompió.
Ella solo buscaba a Alejandro, esperando que él la salvara por última vez.
Él no lo hizo.
Cuando se la llevaron, ella pasó junto a mí y murmuró:
“Esto no ha terminado”.
Podría haber tenido razón.
Pero para ella, una cosa estaba terminando.
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Impunidad.
Esa noche, Alejandro se sentó en la cocina, no en la oficina. Sin su chaqueta. Sin su teléfono. Sin esa armadura invisible que los hombres poderosos usan para evitar enfrentar el desastre.
Mateo estaba arriba, finalmente dormido, después de que el médico se limpió las heridas y le dio algo por el dolor. Claudia no quería salir de su lado.