En una pequeña habitación, nueve bebés yacían en cunas colocadas una junto a la otra. Su piel era oscura, sus ojos grandes, llenos de miedo y esperanza, y sus manitas extendidas hacia cualquiera que pudiera alzarlas. Una enfermera murmuró: «Las dejaron juntas en las escaleras de la iglesia. Sin nombres, sin notas. Nadie las quiere a todas. Pronto las separarán».
La palabra «separadas» impactó profundamente a Richard. Recordó las últimas palabras de Ana antes de morir: «No dejes que el amor muera conmigo. Dale un lugar adonde ir». Allí, de pie, sintió el peso de aquella promesa. ¿Sería él quien lograra mantener unidas a esas nueve hermanas?
Cuando finalmente habló, su voz era áspera. “¿Y si me los llevo… a todos?”
Solo con fines ilustrativos
. La enfermera miró con incredulidad. “¿Los nueve? Señor, eso es imposible. Arruinará su vida.”
Pero Richard ya había tomado una decisión. Días después, a pesar de las fuertes objeciones de los trabajadores sociales, familiares y vecinos, se firmaron los papeles. Richard Miller, un hombre blanco soltero, se convirtió en padre de nueve niñas negras.
Marcó el comienzo de una vida que nadie podría haber imaginado. Las noches se convertían en llantos, pañales, biberones y agotamiento. Vendió su camioneta, sus herramientas, incluso las joyas de Anne para comprar leche de fórmula y ropa. Trabajaba turnos triples en la fábrica, reparaba techos los fines de semana y hacía turnos nocturnos en un restaurante. La gente lo miraba fijamente en los supermercados, susurraba en los parques y a veces lo insultaba. Pero él nunca se arrepintió.