Daniel Whitmore agarró la carta como un hombre que se ahogaba a aferrarse a una madera a la deriva.
El papel arrugado tembló ligeramente en sus manos, aunque las elegantes paredes de vidrio de su oficina de Manhattan se mantuvieron completamente inmóviles.
En el exterior, la ciudad de Nueva York brillaba con su habitual arrogancia: interminables torres de acero y vidrio, taxis amarillos que se deslizaban por las calles, personas que se apresuraban como si controlaran el tiempo.
Durante décadas, Daniel había sido una de esas personas.
Pero ahora, a los sesenta y cinco años, el multimillonario fundador de Whitmore Industries sintió algo que no había experimentado en años: incertidumbre.