Diez años respirando aire prestado.
Caminé hacia la banqueta sin mirar atrás.
—Se te acabó el tiempo, Damián Reyes —murmuré.
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Cada paso que daba lejos de San Gabriel era como arrancar una página de mi vida anterior. Los zapatos de Lucía me apretaban, pero cada punzada en mis pies me recordaba por qué estaba ahí. No por libertad. Por justicia. Durante diez años, mi rabia había sido como acero forjado en el frío. Ahora estaba lista para cortar.
Cuando llegué a la casa de Damián —la casa que debió haber sido el refugio de Lucía— me recibió un olor pesado a alcohol y comida echada a perder. La sala estaba oscura. En una esquina vi a la pequeña Sofía, acurrucada sobre un colchón viejo, abrazando una muñeca rota. Cuando me vio, no corrió hacia mí. Se escondió. El miedo en sus ojos bastó para romper el último hilo de mi paciencia.
—¡Lucía! ¿Dónde está mi cena? —rugió una voz desde la cocina. Damián.
Entré despacio, con la cabeza baja, imitando cada movimiento de mi hermana, esa hermana que temblaba demasiado ante él. Estaba sentado a la mesa. Su madre y su hermana estaban a un lado, como buitres esperando las sobras.
—¿Estás sorda? —Damián se puso de pie y caminó hacia mí con pasos pesados. Me agarró de la mandíbula y me obligó a levantar el rostro—. Te pregunté dónde está la comida. ¿Y por qué te tardaste tanto con tu hermana loca?
Lo miré directo a los ojos. Por primera vez en diez años, no vio el miedo de Lucía.
Vio el fuego de Mariana.
—No tienes cena, Damián —dije en voz baja, firme, cargada de peligro—. Pero sí tengo un regalo para ti.
Frunció el ceño.
—¿Qué dijiste?