—¿Quién te hizo esto? —pregunté en voz baja.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No puedo…
—¿Quién?
Entonces se quebró por completo. Como si esa sola palabra la hubiera estado asfixiando durante meses.
—Damián —susurró—. Me golpea. Lleva mucho tiempo golpeándome. Y su mamá… y su hermana… ellas también. Me tratan como si fuera la sirvienta de la casa. Y… y también lastimó a Sofía.
Me quedé helada.
—¿Sofía?
Lucía asintió, llorando ya sin fuerzas.
—Tiene tres años, Mari. Llegó borracho, había perdido dinero apostando… y le dio una bofetada. Traté de detenerlo y me encerró en el baño. Pensé que nos iba a matar.
Sentí que el aire desaparecía. El hospital entero pareció encogerse a mi alrededor. Lo único que veía era a mi hermana frente a mí, destrozada, suplicando en silencio, y a una niña de tres años aprendiendo demasiado pronto que una casa también puede convertirse en un campo de guerra.
Me puse de pie lentamente.
—No habías venido a verme —dije.
Lucía levantó la mirada, confundida.
—¿Qué?
—Viniste a pedirme ayuda. Y la vas a tener. Tú te quedas aquí. Yo me voy.
Se puso pálida.
—No puedes. Se van a dar cuenta. Tú no sabes cómo es el mundo allá afuera. Ya no eres…
—Ya no soy la misma de antes —la interrumpí—. Tienes razón. Soy peor para gente como ellos.
Me acerqué, la tomé de los hombros y la obligué a mirarme.
—Tú todavía esperas que cambien. Yo no. Tú eres buena. Yo sé cómo pelear contra monstruos. Siempre lo he sabido.
En el pasillo sonó la campana que marcaba el final del horario de visita.
Nos quedamos mirándonos.
Gemelas. Dos rostros iguales. Pero solo una de nosotras podía entrar a una casa llena de violencia… sin temblar.
El cambio fue rápido.
Lucía se puso mi suéter gris del hospital. Yo tomé su ropa, sus zapatos viejos y su identificación. Cuando la enfermera abrió la puerta, me sonrió sin sospechar nada.
—¿Ya se va, señora Reyes?
Bajé la mirada e imité la voz tímida de Lucía.
—Sí.
Cuando la puerta de hierro se cerró detrás de mí y el sol me golpeó el rostro, sentí que los pulmones me ardían.
Diez años.