OCULTÉ MI IDENTIDAD Y ENTRÉ A TRABAJAR EN LA EMPRESA DE MI ESPOSO. CUANDO TOMÉ SU TERMO, LA SECRETARIA SE ME FUE ENCIMA

—Valeria… escucha… tu padre… antes de morir… dejó algunos papeles, pero ya no tenían validez…

—Contesta bien.

Ramiro levantó la vista de golpe.

—¿De qué papeles está hablando?

Alejandro bajó los ojos.

Y entonces, por primera vez desde que todo había empezado, vi algo real en él.

Miedo.

No el miedo de perder dinero.

No el miedo de perder el cargo.

Sino el miedo de que saliera a la luz algo mucho peor.

Yo lo supe antes de que hablara.

Lo sentí en el pecho.

Como un golpe frío.

—Mi padre dejó una cláusula sucesoria privada, ¿verdad? —dije, casi en un susurro.

Alejandro no respondió.

Ramiro se tensó.

—Valeria… tu papá me mencionó una vez que había un anexo testamentario, pero nunca me lo entregó personalmente. Dijo que estaba resguardado en una caja fuera de la empresa.

Miré a Alejandro.

—¿Dónde está?

Él siguió callado.

Entonces uno de los agentes dio un paso adelante.

—Señor, será mejor que coopere.

Alejandro se pasó una mano temblorosa por el rostro.

—Está… en la casa de campo de Valle de Bravo.

Yo fruncí el ceño.

—Esa casa se vendió hace dos años.

Alejandro cerró los ojos.

—No se vendió —murmuró—. La puse a nombre de otra razón social.

Ramiro soltó una maldición entre dientes.

Todo encajó.

Las transferencias.

Las empresas fantasma.

La prisa por vaciar cuentas.

No solo estaba robando dinero.

Estaba buscando algo.

Algo que mi padre había dejado.