Alejandro llegó corriendo.
Tenía el rostro descompuesto.
Me vio… y su expresión se llenó de un terror absoluto.
Pero Camila, necia y arrogante, siguió insultándome sin entender nada.
Entonces levanté la cabeza y, con voz firme, dije:
—Claro que puedo tomarlo. Después de todo, esta empresa, ese despacho… y hasta el puesto que ustedes creen gobernar, me pertenecen a mí. Mi nombre es Valeria Monteverde, presidenta y accionista mayoritaria de este grupo. Y tú… acabas de agredir a la dueña delante de todos.
—Claro que puedo tomarlo —repetí, mirando directamente a Camila—. Porque este termo, esta empresa y todo lo que ves aquí… me pertenecen a mí. Soy Valeria Monteverde, hija del fundador, presidenta del consejo y accionista mayoritaria de Grupo Monteverde.
El silencio que siguió fue tan denso que hasta el sonido del aire acondicionado parecía un trueno.
Camila parpadeó, confundida.
Luego soltó una carcajada nerviosa.
—¿Tú? ¿La dueña? No me hagas reír…
Pero su voz ya no sonaba firme.
Alejandro, en cambio, estaba completamente pálido.
—Valeria… yo puedo explicarlo…
Giré la cabeza lentamente hacia él.
—No. Tú ya hablaste suficiente ayer. Yo escuché cada palabra.
Saqué mi teléfono, toqué la pantalla y, en cuestión de segundos, el audio comenzó a sonar por los altavoces del comedor.
La voz melosa de Camila llenó el lugar:
—Tu esposa no sirve para nada. Una mujer como ella solo estorba…
Después vino la risa de Alejandro.
Luego su propia voz, fría, cruel, irreconocible para cualquiera que alguna vez hubiera creído en él:
—La soporté tres años solo porque era la hija del fundador. Pero pronto la voy a sacar del camino. Entonces tú tendrás el lugar que mereces.
Un murmullo recorrió el comedor.
Algunos empleados abrieron los ojos con horror. Otros voltearon a ver a Alejandro como si de pronto hubieran descubierto que el hombre al que obedecían todos los días era un desconocido.
Camila dio un paso atrás.
—Eso… eso está sacado de contexto…
—¿De contexto? —pregunté con calma.
Entonces levanté la mano.
Las puertas del comedor se abrieron de golpe.
Entraron tres personas: el licenciado Ramiro Salas, dos auditores externos… y detrás de ellos, cuatro agentes de la policía de investigación.
El rostro de Alejandro se desmoronó.
—Valeria, por favor, no hagas esto aquí…