Y ahora todo eso se estaba yendo abajo.
Rebeca caminó hacia mí con los ojos desorbitados.
—Tú planeaste esto.
La miré en silencio.
—¡Tú esperaste! ¡Nos usaste!
No levanté la voz.
—No, señora Salazar. Yo me quedé esperando que ustedes me trataran como ser humano. La que convirtió eso en un error fue usted.
Alejandro cayó en una silla como si de pronto no le respondieran las piernas.
Y fue entonces cuando pasó lo último.
Lo único que yo no esperaba.
Mi suegro, Héctor Salazar, el hombre que siempre había permanecido callado, se levantó lentamente y sacó un sobre manila del portafolios que llevaba consigo.
Se acercó a mí.
Rebeca lo miró confundida.
—Héctor, ¿qué haces?
Él no le respondió.
Me entregó el sobre con manos temblorosas.
—Lo siento —dijo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué es esto?
—Ábrelo cuando salgas —murmuró—. Ya te hice suficiente daño por no hablar antes.
Rebeca palideció.
—¿Qué hiciste?
Héctor cerró los ojos un segundo, derrotado.
—Lo que debí haber hecho hace años.
No abrí el sobre ahí.
Me fui.
Salí del juzgado con la cabeza en alto, acompañada por mi abuela y por el eco de pasos, murmullos y una familia desplomándose detrás de mí.
Afuera, el sol de media mañana bañaba la explanada.
La ciudad seguía viva.
Vendedores ambulantes.
Taxis.
Ruido.
El mundo entero avanzando como si el mío no acabara de quebrarse y recomponerse al mismo tiempo.
Dentro del auto abrí el sobre.
Había fotografías.