Sus labios temblaban.
Y un hilo de sangre bajaba por su pierna.
—Diego… —susurró.
Después se desplomó.
Él subió corriendo.
La alcanzó antes de que cayera por completo.
La cargó como si fuera de vidrio.
—¡Abre la puerta! —gritó.
Nadie se movió.
Doña Carmen lloraba.
Brenda repetía “no puede ser”.
Karla estaba paralizada.
Sofía rezaba.
Diego bajó con Lucía en brazos, tomó las llaves y salió sin mirar atrás.
Doña Carmen intentó detenerlo.
—Hijo, por favor, no nos dejes así…
Diego se giró con los ojos llenos de lágrimas.
—Cuando regrese, no quiero verlas en mi casa. Tienen 24 horas.
—Somos tu familia —sollozó su madre.
Diego apretó a Lucía contra su pecho.
—Mi familia está sangrando en mis brazos.
El camino al hospital fue una pesadilla.
Diego manejó por avenidas casi vacías, tocando el claxon, rogando en voz baja.
—Aguanta, mi amor. Aguanta por nuestro bebé.
En urgencias se la llevaron de inmediato.
Los médicos hablaron rápido.
Presión en 180.
Anemia severa.
Riesgo para la madre.