“Sale a la luz una testigo clave.”
“El hijo del magnate se niega a encubrir a su padre.”
El nombre de Octavio Rivas, durante años símbolo de poder en Santa Fe, Polanco y Reforma, se convirtió de un día para otro en el centro de un terremoto financiero.
Pero lo que más atormentaba a Alejandro no era la caída de las acciones ni las llamadas desesperadas de los socios.
Era que Camila había desaparecido.
Después de entregarle el disco duro a su abogado, se fue sin dejar dirección.
Solo dejó una nota sobre la barra de la cocina:
“No sé si entre nosotros hubo pecado, error o amor. Pero sí sé que tú mereces vivir sin cargar el apellido de una mentira. Por favor, no me busques.”
Alejandro leyó esa nota una y otra vez durante semanas.
Pero la buscó de todos modos.
La buscó en el pequeño departamento que ella había rentado en Coyoacán, en la galería de arte donde se conocieron, en la cafetería donde a ella le gustaba sentarse a leer… hasta que un recuerdo lo hizo ir al hospital.
Y fue ahí donde recibió el último golpe.
Una doctora, pensando que él era familiar cercano, revisó el expediente y preguntó:
—¿Todavía no logra localizar a su esposa? Perder la cita prenatal a estas alturas no es buena idea.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Prenatal?
La doctora lo miró confundida.
—¿No sabía? La señorita Camila tiene casi siete semanas de embarazo.
Todo a su alrededor pareció detenerse.
La sangre sobre la sábana aquella mañana.
El miedo en su cara.
La desesperación cuando sonó el timbre.
No era solo porque su identidad estuviera a punto de descubrirse.
Era porque acababa de enterarse de que llevaba un hijo suyo en el vientre.
Tres meses después, Alejandro encontró a Camila en un pequeño pueblo a las afueras de Querétaro.
Vivía en una casa sencilla, con patio soleado, lejos de la prensa y lejos de los apellidos que les habían destrozado la vida.
Cuando abrió la puerta y lo vio, no dijo nada.
Solo se quedó quieta, con una mano sobre el vientre ya ligeramente redondeado y los ojos húmedos como los de alguien que ha llorado demasiadas noches.
Alejandro se acercó despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera hacerla desaparecer.
—No vine a pedirte que me perdones —dijo—, porque sé que yo también cargo con parte de este desastre. Vine a decirte que te elijo a ti. Y elijo a nuestro hijo. No por culpa. No por obligación. Porque te amo.
Camila rompió a llorar.
—No deberías amarme.
—Eso ya llegó demasiado tarde.