La expresión de sus ojos hizo que incluso Octavio se quedara quieto por un segundo.
—¿Entonces destruiste a una familia para levantar la tuya?
—Te di todo.
—Me diste dinero. Pero ahora entiendo que se lo arrancaste a otros.
Octavio soltó una mueca de desprecio.
—La dignidad no construye imperios.
—No —respondió Alejandro—. Pero la verdad sí puede incendiarlos.
Los dos se miraron como si ya no fueran padre e hijo, sino enemigos.
Entonces Octavio giró hacia Camila.
—¿Crees que ganaste? Eres hija de un derrotado. Sedujiste a mi hijo, te metiste en su cama y ahora quieres hacerte la víctima.
Alejandro se volvió de golpe y le soltó un puñetazo directo en la cara.
Nadie alcanzó a reaccionar.
El golpe fue tan fuerte que Octavio cayó contra el borde de la mesa, con el labio partido.
Mercedes gritó.
Los guardaespaldas dieron un paso al frente, pero Alejandro levantó la voz:
—El primero que se acerque, voy a llamar a la policía y a entregar todos estos documentos a la prensa.
Los hombres se detuvieron.
Octavio se puso de pie apoyándose en la mesa, con los ojos ardiendo de rabia y humillación.
—¿Te atreves a golpearme?
Alejandro respiraba con fuerza.
—Debí haberlo hecho hace mucho más de veinte años.
Luego volteó hacia Camila.
—¿Qué pensabas hacer después de vengarte?
Camila se echó a llorar.
—Creí que si te hacía daño iba a sentir alivio. Creí que quería destruir todo lo que tuviera tu apellido… pero luego te conocí. Y empecé a odiarme a mí misma porque todo dejó de ser un plan. Se volvió real. Anoche quería decirte toda la verdad. Pensaba irme esta mañana.
Alejandro la miró en silencio.
Había demasiados motivos para odiarla.
Demasiadas mentiras.
Pero también había algo en sus ojos que él no podía llamar falso.
—¿Tienes más pruebas? —preguntó al fin.
Camila asintió.
—Sí. Un disco duro. Ahí está todo. Los archivos originales. Lo escondí en un lugar seguro.
El rostro de Octavio se descompuso por primera vez de verdad.
Alejandro no dejó pasar ese detalle.
—Entonces por eso viniste. No para protegerme —dijo mirando a su padre—, sino para recuperar las pruebas antes de que llegaran a mis manos.
Nadie respondió.
Y ese silencio fue la confesión más clara de todas.
Doce horas después, toda la junta directiva del Grupo Rivas recibió un expediente anónimo. También lo recibieron dos de los medios financieros más importantes de México. Y, casi al mismo tiempo, la fiscalía abrió una investigación urgente contra Octavio Rivas.
La noticia explotó como una bomba.
“Imperio empresarial en crisis por presunto fraude histórico.”