Mi hermana vendió su depa de Polanco para un negocio y fracasó. Ahora mis papás quieren que ella, su esposo y sus 3 hijos se metan a mi casa. Me negué y resulta que “siempre fui sin corazón… cruel, egoísta, amargada, celosa…”

—Pues ya sabes —dijo rápido, moviendo la mano—. Los primeros meses son de aguantar. Estamos construyendo clientela. Ya casi, ya casi. En cualquier momento quedamos sólidos y ahora sí empiezan las ganancias.

Su tono me recordó a esa Adriana de prepa que juraba que iba súper bien hasta que reprobó tres materias. No dije nada, me serví más agua. Seguí comiendo la carne al horno de mi mamá. Y luego vino el otro giro, casi un año después de la inauguración.

En un domingo de calor pegajoso, después de la comida, cuando mi papá ya estaba contando el mismo chiste por milésima vez, Adriana aclaró la garganta y agarró la mano de Marco.

—Tenemos una noticia —anunció brillando—. Estoy embarazada. Viene el bebé número tres.

Mi mamá se soltó llorando de felicidad. Mi papá empezó a hablar de otro nieto que consentir. Marco sonreía como si le acabaran de dar un premio. Tomás y Elisa brincaban alrededor gritando:

—¡Bebé! ¡Bebé!

Yo respiré despacio, escogiendo palabras.

—¿Están seguros de que es buen momento? Con el restaurante apenas agarrando vuelo y todo.

El silencio fue inmediato, duro. De esos que te enfrían la espalda. Mi mamá me fulminó con la mirada.

—Nadia —dijo con una voz que cortaba—. ¿Cómo te atreves? Un bebé siempre es una bendición.

Y luego, como si no pudiera evitarlo, metió el colmillo donde siempre.

—Tú entenderías si tuvieras hijos o un esposo. Ya vas para los 31, mi hija. ¿No te estás haciendo más joven?

No contesté. Me quedé callada y me tragué el comentario como tantas veces.

Ocho meses después nació Emilia. Era una bebé preciosa, ojos claros como Adriana, el pelo oscuro como Marco. Todo el mundo se desvivía por ella. Pero yo empecé a notar cosas: las ojeras de mi hermana, aunque se maquillara; la forma en la que Marco revisaba el celular con cara tensa; el ambiente cargado que traían encima.

La verdad salió tres meses después del nacimiento. En otra cena familiar, Adriana empujaba la comida en el plato. Se veía agotada. Marco ya no tenía esa seguridad de los primeros meses. Traía una inquietud en las manos.

—Estamos teniendo broncas en el restaurante —admitió Adriana como si cada palabra le doliera—. La rotación de personal nos está matando. Ya se nos fueron seis chefs porque Marco no deja de querer inventar cosas.

Marco se acomodó en la silla.

—Yo solo quiero mejorar el concepto.

Adriana respiró temblorosa.

—Tuvimos que pedir un crédito para pequeña y mediana empresa al banco para sostenerlo. Y aparte nos comimos la lana de la venta en la renta del local, la remodelación y la nómina. Los números no están como pensamos.

Yo me quedé en silencio. Me acordé de aquella primera cena, de mis preguntas, de lo obvio, el crédito que debieron pedir desde el inicio, sin quemar el departamento. Pero no dije “te lo dije”. No hacía falta. La realidad ya lo estaba gritando.

Los siguientes seis meses fueron como ver un choque en cámara lenta. Cada semana era un problema nuevo. Primero se cayó la gente de comida corrida. Luego dejaron de reservar en las noches. La página de Instagram, que antes era pura foto bonita y sonrisas, se quedó muda. La última publicación fue una promoción triste de dos por uno el martes y tuvo como tres likes.

Yo me enteraba por las llamadas diarias de mi mamá.

—Es una racha —insistía Rosa—. A todos les pasa.

Y luego otra llamada. Tuvieron que correr a la mitad. Otra. Ahora van a cerrar los lunes para ahorrar. Otra más. Marco se peleó con el chef, que porque quería meter rollos de sushi al menú italiano.

Yo apretaba la mandíbula escuchando “sushi” en un italiano, en la Roma, con renta cara, con tres niños, con un bebé. Para entonces ya había pasado el segundo año desde la apertura y, aunque mi mamá lo negara, ya era imposible fingir. Las deudas se les acumulaban como recibos sin pagar: proveedores, renta atrasada, impuestos, todo.

El golpe final fue cuando el inversionista principal se salió. Se acabó. No les quedó de otra que vender Bella Italia por una fracción de lo que habían metido. La venta apenas alcanzó para cubrir parte de las deudas del negocio. Con el banco todavía quedaron colgados con 3.8 millones de pesos, y ahí estaban Adriana, Marco y sus tres hijos: Tomás ya de siete, Elisa de cuatro y Emilia acabando de cumplir un año, sin casa propia, sin ingreso fijo y con una deuda que te quita el sueño.

Yo estuve a punto de no ir a la siguiente cena del sábado. Mi mamá me habló para recordármela y en su tono venía algo raro, como de urgencia disfrazada. Fui. Llegué a casa de mis papás en Naucalpan, cuando ya estaba cayendo el sol. Entre que Periférico iba lento y luego la subida a su colonia, me aventé casi una hora y media.

Desde que abrí la puerta sentí el ambiente raro. Mi mamá y mi papá estaban sentados derechitos, como si esperaran un juicio. Adriana y Marco también. Los niños callados en la esquina con sus tabletas, cosa rarísima en ellos. Emilia estaba dormida en su portabebé. No me dio tiempo ni de servirme agua.

Mi papá aclaró la garganta.

—Nadia, ya tomamos una decisión.

Se me apretó el estómago.

—¿Qué decisión?

Mi mamá se adelantó.

—Tu hermana y su familia necesitan dónde quedarse.

Adriana me miró como si fuera lo más obvio del mundo.

—Nos vamos a ir a tu casa.

Sentí como si me hubieran puesto una lámpara en la cara.

—¿Cómo que a mi casa? —pregunté despacio.

—Temporalmente —dijo Adriana, encogiéndose de hombros mientras se veía las uñas todavía perfectas—. No es para siempre.

—¿Y cuánto es temporalmente?

Marco se cruzó de brazos.

—Yo necesito tiempo para encontrar el puesto correcto.

Adriana tomó la palabra tranquila, como si me pidiera un favor chiquito.

—Unos años, no sé, lo que se necesite. Yo no puedo trabajar, obviamente. Tres niños y Marco necesita encontrar algo a su nivel.

—Yo no voy a estar volteando hamburguesas —soltó Marco con el pecho inflado—. Yo fui dueño de un negocio. Necesito algo ejecutivo.

Adriana sonrió como si estuviera cerrando trato.

—Y tú tienes esa casa enorme para ti sola. Ni la usas. Y la neta, Nadia, ya pasaste de los 30. La probabilidad de que te cases y tengas hijos, pues, está difícil. Tú vives metida en tu trabajo.

Ahí fue cuando me quedé helada. No por la petición, por la facilidad con la que me lo aventó en la cara. Y lo peor fue ver a mis papás asintiendo, como si el hecho de que yo fuera soltera y trabajara mucho me convirtiera automáticamente en su plan de rescate.

Empujé la silla y me paré. La pata raspó el piso fuerte y todos brincaron tantito.

—No —dije.

Adriana frunció el ceño, confundida.