Mi hermana vendió su depa de Polanco para un negocio y fracasó. Ahora mis papás quieren que ella, su esposo y sus 3 hijos se metan a mi casa. Me negué y resulta que “siempre fui sin corazón… cruel, egoísta, amargada, celosa…”

En ese momento yo lo tomé como un consuelo. Con el tiempo entendí que era una advertencia, porque con Adriana la historia se repetía. Me cayeron encima recuerdos de cuando éramos niñas. La vez que hizo un berrinche dos horas porque mi mamá le compró la bici del color equivocado. O cuando se tiró en el piso del centro comercial porque mi papá no le quiso comprar otro pantalón de marca. Y aquella Navidad en la que estuvo tres días sin hablarle a nadie porque le dieron el modelo anterior de iPhone, no el nuevo.

Mis papás siempre le aplaudían todo. Si Adriana quería, se hacía. Si Adriana soñaba, se financiaba. Si Adriana se enojaba, se le pedía perdón. Yo, en cambio, era la exagerada, la negativa, la que todo lo ve mal. Me hice un té en la tacita de porcelana de doña Elena y traté de sacudirme todo eso.

Yo tenía mi vida. Mi trabajo en Hidalgo Finanzas era pesado, sí, pero me gustaba. Tenía una presentación grande encima, un proyecto de reestructuración de portafolio para un cliente importante. Si salía bien, podía venir un ascenso. Necesitaba estar concentrada. El sueño del restaurante de Adriana no era mi problema. Pensar en eso no iba a cambiar nada.

Exactamente un mes después, mi celular sonó en mi hora de comida. Estaba revisando los últimos números de la presentación cuando vi el nombre de mi mamá en la pantalla y no sé por qué me dio una sensación rara.

—Nadia, no lo vas a creer —dijo Rosa apenas contesté, casi chillando de emoción—. Ya lo hicieron. Vendieron el departamento y ya encontraron el lugar perfecto para el restaurante. Está en la Roma, por Álvaro Obregón, donde están todos esos lugares nuevos.

Respiré hondo.

—¿Y dónde están viviendo?

—Rentaron algo bonito —contestó—. Como si vender tu único patrimonio fuera cualquier cosa. Yo me quedo con Tomás y Elisa mientras ellos arreglan todo. Es emocionante. Van a hacer una inauguración grande el próximo mes.

Mi mamá siguió hablando de las publicaciones en Instagram, de que Adriana ya tenía un montón de seguidores para la página del restaurante, de que Marco estaba creando el menú.

—Va a ser fusión italiana —dijo orgullosa—. Imagínate.

Yo apreté el celular. “Fusión italiana” en la boca de Marco era la clase de frase que te mete en problemas. Colgué y me quedé viendo el reporte en la pantalla. A mí se me vino a la cabeza lo que me había puesto a buscar después de aquella cena, sin decirle a nadie: restaurantes que cierran en el primer año, números feos, historias repetidas.

Dos meses después me llegó la invitación. No fue por WhatsApp como la gente normal, sino por Instagram: un diseño con letras doradas anunciando la gran apertura de Bella Italia. Se veía profesional, eso sí. Ese sábado llegué al local en la Roma y, para mi sorpresa, sí estaba bonito. Lámparas cálidas, macetas con hierbas en las ventanas, mesas de madera oscura, paredes de ladrillo aparente, lucecitas colgando, todo pensado para que la gente tomara fotos y lo presumiera.

—Nadia, sí viniste.

Adriana corrió hacia mí con un vestido que fácil costaba más que mi recibo de luz de todo el año. Me besó las mejillas y casi tiró la copa de espumoso que traía en la mano.

—Sabía que no me ibas a fallar.

El lugar estaba lleno. Tías, primos, amigos de la familia y la familia completa de Marco. Mis papás estaban cerca de la barra, felices como si el restaurante fuera de ellos. Me tocó escuchar a mi papá presumiendo a todo volumen con el tío Jaime.

—No, hombre, espérate —decía Roberto—. Adriana va a ser un nombre grande en esto. Ella sí trae madera, no como Nadia, que ahí se va a quedar en oficina hasta que se jubile.

Mi mamá asentía encantada.

—Hay gente que nace para liderar y hay gente que, pues, se siente más cómoda siguiendo.

Yo hice como que no escuché. La verdad ya ni dolía como antes. Desde hace años entendí que en reuniones familiares yo nunca era la historia que contaban con orgullo.

—Felicidades —le dije a Adriana sincera, levantando mi copa—. De verdad se ve precioso. Ojalá les vaya increíble.

Los meses siguientes se volvieron una rutina. Cada domingo en casa de mis papás era básicamente un informe sobre Bella Italia. Adriana llegaba a veces con los niños y Marco, a veces sola, y se adueñaba de la mesa con historias de su imperio.

—Esa es mi hija —decía mi papá inflando el pecho—. Yo siempre supe que lo traía en la sangre.

Mi mamá remataba con su mirada hacia mí.

—No cualquiera tiene esa hambre.

Adriana me sonreía desde el otro lado de la mesa. Esa sonrisita de “otra vez gané”. La misma que tenía de niña cuando se salía con la suya.

Una noche la conversación se fue por fin a lo que importa.

—¿Y qué tal van los números? —pregunté como quien pregunta la hora—. ¿Están llegando a lo que proyectaron?

A Adriana se le movió la sonrisa apenas un segundo, pero lo vi.