PARTE 1
Mateo era un exitoso arquitecto de 34 años que vivía en la exclusiva zona de San Pedro Garza García, en Monterrey. Su vida era la imagen perfecta del éxito moderno: ganaba más de 90,000 pesos al mes, conducía un automóvil deportivo del año, cenaba en los restaurantes más lujosos y vestía trajes hechos a la medida. Sin embargo, su origen era muy distinto. Él había nacido en un pequeño y polvoriento rincón de Oaxaca, criado por una madre soltera que se partía las manos tejiendo en un telar de cintura para pagarle los estudios.
Su prometida, Valeria, era una enfermera pediatra de 28 años. Ella no ganaba grandes sumas de dinero, pero tenía un corazón inmenso, una paciencia infinita y amaba a Mateo por quien era, no por su cuenta bancaria. Llevaban 3 años de relación y la boda estaba a solo 2 meses de celebrarse. Las invitaciones estaban enviadas, el vestido comprado y el salón reservado.
Pero el veneno de la duda comenzó a infiltrarse en la mente de Mateo. En su círculo de amigos adinerados, las historias de traición eran el pan de cada día. “No seas ingenuo, Mateo”, le decían sus colegas entre copas de vino. “Las mujeres fingen ser unas santas hasta que tienen el anillo. Cuando vea que vienes de la miseria y conozca a tu madre pobre, te va a despreciar. Solo quiere tu dinero”.
Consumido por la inseguridad y el miedo al rechazo, Mateo tomó una decisión oscura: pondría a prueba a Valeria.
A escondidas, llamó a su madre, Doña Rosa. Le pidió que no limpiara la humilde casa de adobe, que se vistiera con la ropa más gastada y rota que tuviera, y que fingiera estar enferma y adolorida. “Quiero ver si Valeria de verdad me ama o si saldrá huyendo al ver de dónde vengo”, le justificó a su madre, ignorando el pesado suspiro de decepción de la anciana al otro lado de la línea.
Ese fin de semana, Mateo inventó que su auto de lujo estaba descompuesto. Obligó a Valeria a viajar 14 horas en un camión de segunda clase hacia Oaxaca, seguido de un trayecto de 2 horas en una camioneta de redilas por caminos de terracería bajo un sol abrazador. Valeria no se quejó ni 1 sola vez; al contrario, le secaba el sudor de la frente con una sonrisa.
Al llegar, la escena estaba preparada. La casa de adobe parecía a punto de derrumbarse, el patio era de tierra suelta y Doña Rosa estaba sentada en una silla de madera coja, luciendo frágil y miserable. Mateo observó a su prometida por el rabillo del ojo, esperando el disgusto, la mueca de asco o el reproche.