PARTE 1
Carmen tenía 62 años y 1 solo hijo: Luis. Lo crio vendiendo tamales en la colonia Morelos, en el corazón de la Ciudad de México, levantándose a las 4 de la mañana todos los días. Sus manos siempre olían a masa cocida y a chile guajillo. El padre de Luis los abandonó cuando el niño tenía apenas 5 años, así que Carmen se convirtió en madre, padre, banco, enfermera y escudo protector. Por Luis, ella empeñó sus argollas de matrimonio. Por Luis, dejó de comprarse sus propias medicinas para los dolores de huesos. Por Luis, soportó humillaciones que 1 madre se traga en silencio porque tiene la fe ciega de que el amor hacia 1 hijo siempre es recompensado.
Pero Luis cambió radicalmente cuando conoció y se casó con Fernanda. Ella llegó a la familia luciendo uñas acrílicas rojas, 1 bolsa de diseñador y 1 sonrisa fría que jamás le llegaba a los ojos. Desde el primer día, marcó su territorio. “Doña Carmen, usted ya vivió todo lo que tenía que vivir”, le dijo 1 vez con tono altanero. “Ahora le toca ayudar a que Luis viva como se merece”. Al principio, Carmen pensó que solo era 1 carácter fuerte. Con el tiempo, entendió que era puro veneno.
Cuando Luis enfermó, la pesadilla avanzó demasiado rápido. Primero fueron llamadas de madrugada. Luego, 1 serie interminable de estudios médicos. Finalmente, llegaron las palabras que le destrozaron el pecho a la anciana: falla renal, urgencia absoluta, compatibilidad, trasplante. Fernanda tomó el control y llevó a Carmen a 1 hospital privado y lujosísimo en la colonia Roma Norte. La trataba como si la llevara a firmar 1 pagaré. “No hay tiempo para sus dramas de vecindad”, le advirtió Fernanda en el elevador de cristal. “Usted es su madre. Si no le da ese riñón para salvarlo, él se va a morir y será su culpa”.
Carmen llevaba apenas 1 humilde bolsa de tela con 1 camisón desgastado, 1 rosario de madera y 1 fotografía de Luis cuando tenía 8 años, sonriendo sin dientes delanteros en 1 kermés de la escuela. En la habitación 407, su hijo estaba pálido, conectado a 1 suero, con los labios agrietados. “Mamá”, susurró él con voz frágil. “Perdóname”. Carmen, con el corazón encogido, le acarició la frente sudada. “No digas eso, mijo. Aquí estoy para ti”.
Fernanda se cruzó de brazos, impaciente. “Lo que él necesita no son lágrimas de telenovela. Es 1 riñón”.