PARTE 1
Ximena llegó al lujoso y frío despacho de abogados en Santa Fe con su bebé de apenas 12 días de nacido en los brazos. No llevaba ni una sola gota de maquillaje, ni joyas caras, ni la típica ropa de diseñador que su esposo le exigía usar para mantener las apariencias en los eventos sociales de la Ciudad de México. Su cuerpo aún dolía profundamente por las secuelas físicas del parto, caminaba despacio, con ese paso pesado de quien no ha dormido en más de una semana, pero en sus ojos no había ni una pizca de la mujer derrotada, sumisa y deprimida que todos en esa sala de juntas esperaban ver entrar.
Del otro lado de la enorme mesa de cristal templado estaba Mauricio, su esposo. Estaba sentado con las piernas cruzadas, luciendo su impecable traje a la medida de 40000 pesos, y justo a su lado, casi tocándole el hombro con una familiaridad insultante, estaba Paola. Ella era la mujer que durante 8 meses él le había presentado en todas las cenas de negocios como “la nueva socia estratégica de la agencia de publicidad”. Ambos se miraban cómplices y sonreían con esa arrogancia insoportable, típica del que jura que ya tiene la partida completamente ganada y al enemigo en el piso, suplicando clemencia.
Pero Ximena no llegó a ese elegante edificio para suplicar por las sobras de su matrimonio, ni para llorar por la humillación pública de la infidelidad que ya era el chisme principal en su círculo social. Llegó sosteniendo una pesada carpeta negra contra su pecho, protegiéndola con la misma intensidad con la que sostenía a su hijo. Y dentro de esa carpeta, cubierta por el calor del cuerpo de su recién nacido, llevaba la pura y cruda verdad que iba a incendiar el mundo perfecto de Mauricio.
Solo 12 días antes, la vida de Ximena parecía una mentira perfecta de Instagram. Esa fatídica noche, había dado a luz completamente sola en una fría y blanca habitación de hospital en el Pedregal. Mauricio nunca llegó a ver nacer a su primogénito. Le había mandado un mensaje rápido y cortante a las 22:00 diciendo que tenía una “chamba urgente”, que los clientes de Monterrey no podían esperar y que ella siempre exageraba el dolor porque “neta, todas las viejas paren, no es para hacer tanto drama”.
Ximena lo esperó en la sala de dilatación hasta que el dolor punzante de las contracciones le cortó por completo la respiración. Lo llamó 1 vez. Luego 2. Hasta llegar a 15 llamadas perdidas. El teléfono de su esposo mandaba directo a buzón. Su hijo nació en la madrugada, pesando casi 3 kilos, pequeño, tibio y absolutamente perfecto. Cuando la enfermera del turno de noche se lo puso sobre el pecho, Ximena rompió en un llanto ahogado. Era una mezcla de un amor infinito por su bebé, pero manchado por un sentimiento de abandono que le quemaba la garganta como ácido.
—Señora, ¿quiere que le marquemos al papá para que venga a conocer al niño? —le preguntó la enfermera, con una mirada llena de evidente lástima que a Ximena le dolió más que la propia cirugía.
Ximena miró la pantalla de su celular, vacía, sin un solo mensaje de él en horas.
—No hace falta —susurró, tragándose las lágrimas y el orgullo.
Pero la neta es que sí hacía falta. No porque ella no pudiera con el paquete de ser madre sola, ya había demostrado su fuerza. Hacía falta porque ningún niño merece llegar al mundo mientras su madre descubre que el hombre que juró protegerla eligió estar sudando en las sábanas de otra mujer en un hotel de paso. Lo que Mauricio no sabía esa mañana en el despacho, mientras le sonreía con burla a su amante, era el verdadero motivo por el que Ximena estaba ahí con esa carpeta. Él creía que la iba a destrozar legalmente con sus abogados de élite. No tenía idea de que lo que estaba a punto de suceder los dejaría sin aliento, porque Ximena no venía a firmar su rendición, venía a ejecutar una sentencia. No podía creerse la magnitud del escándalo que estaba por estallar…
PARTE 2