—Tu abuela se cansa hasta en el súper. Italia es para gente con energía.
Esta vez no sonreí. Lo miré directo.
—O para gente con vergüenza, pero parece que eso tampoco lo empacan.
La mesa quedó en silencio. Renata no estaba ahí, pero su sombra sí. Mauricio apretó los labios.
—Luego hablamos.
—No. Luego hablarás con mi abogada.
Su cara cambió, pero se controló porque había familia. Esa noche me escribió desde la recámara de visitas: “No hagas el ridículo. A tu edad ninguna mujer empieza de nuevo.” Guardé el mensaje.
El día de su vuelo, me llamó desde el aeropuerto.
—Todo bien en casa?
—Mejor que nunca.
Escuché una risa femenina de fondo. Renata. No me dolió. Me confirmó.
Mientras él caminaba por Roma creyéndose joven, yo reconstruí mi vida en silencio. Cambié la chapa del portón. Guardé sus cosas en cajas. Tomé clases de pintura en la Casa de la Cultura.
Fui con Rebeca a Tequila y me compré un vestido azul que Mauricio habría llamado “innecesario”. También recibí una captura de mi nieta Sofía: Renata había subido una foto frente al Coliseo con el texto “Algunos viajes se disfrutan más sin cargar bastones.”
Sofía escribió: “Abuela, perdón. Yo sí vi lo que te hacen.”
Ese mensaje me rompió y me levantó al mismo tiempo. Patricia preparó la demanda, medidas sobre la casa y una notificación.
Pero guardamos la mejor sorpresa para su regreso: una carpeta sobre la mesa del comedor con fotos, estados de cuenta, mensajes y el contrato de venta del coche. Encima dejé una nota: “Italia era mi sueño. Tu error fue pensar que tú eras mi vida.”
Mauricio volvió bronceado, perfumado y con una bufanda italiana que seguramente Renata escogió. Yo estaba sentada en la sala con mi vestido azul, la carpeta sobre la mesa y Patricia conectada por videollamada desde mi celular.
Él entró arrastrando la maleta con esa sonrisa de hombre que cree que todo lo espera igual.
—Ya llegué.
—Lo noté. La casa olía demasiado tranquila.
Frunció el ceño. Miró hacia la cochera por la ventana.
—¿Dónde está mi coche?
—Vendido.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—Que vendí el coche que estaba a mi nombre. El dinero está protegido en una cuenta mía.
Su cara se puso roja.
—¡Estás loca!
—No, Mauricio. Estoy documentada.
Le empujé la carpeta. Vio las fotos de Roma, los cargos, los mensajes, la publicación de Renata burlándose de mis bastones que ni siquiera uso. Luego vio la demanda de divorcio.