La primera vez que Mauricio me llamó vieja fue en una comida de domingo.

Renata empezó como asistente administrativa en su despacho de seguros. Al principio me hablaba con falsa dulzura.

—Doña Clara, usted debe descansar más. El señor Mauricio necesita alguien con energía para los viajes.

Me decía “doña” como si me enterrara poquito a poquito. Él se iluminaba cuando ella entraba. Se perfumaba más, se compró camisas ajustadas, empezó a ir al gimnasio y dormía con el celular boca abajo.

Yo no quería ser una esposa celosa. Quería creer que 40 años significaban algo.

Hasta que escuché la llamada.

Fue un martes. Mauricio estaba en el jardín, hablando bajo, pero la ventana de la cocina estaba abierta.

—No te preocupes, mi amor. Clara cree que voy a una convención. En Roma nadie nos va a molestar.

Se me cayó una taza. Él entró de golpe.

—¿Qué haces espiando?

—¿Vas a Italia con ella?

No negó. Solo suspiró, fastidiado.