Renata empezó como asistente administrativa en su despacho de seguros. Al principio me hablaba con falsa dulzura.
—Doña Clara, usted debe descansar más. El señor Mauricio necesita alguien con energía para los viajes.
Me decía “doña” como si me enterrara poquito a poquito. Él se iluminaba cuando ella entraba. Se perfumaba más, se compró camisas ajustadas, empezó a ir al gimnasio y dormía con el celular boca abajo.
Yo no quería ser una esposa celosa. Quería creer que 40 años significaban algo.
Hasta que escuché la llamada.
Fue un martes. Mauricio estaba en el jardín, hablando bajo, pero la ventana de la cocina estaba abierta.
—No te preocupes, mi amor. Clara cree que voy a una convención. En Roma nadie nos va a molestar.
Se me cayó una taza. Él entró de golpe.
—¿Qué haces espiando?
—¿Vas a Italia con ella?
No negó. Solo suspiró, fastidiado.
—No empieces con tus dramas. Es trabajo. Además, tú no aguantarías ni 3 cuadras caminando.
Ahí algo dentro de mí se quedó quieto. No grité. No le reclamé. Solo miré al hombre con quien dormí 40 años y entendí que ya no quería convencerlo de amarme.
Esa misma noche llamé a mi hermana Rebeca.
—Necesito el número de tu abogada.
—¿Qué pasó?
Miré por la ventana. Mauricio estaba en el patio, sonriéndole al teléfono como antes me sonreía a mí.
—Que por fin voy a viajar, hermana. Pero primero voy a sacar de mi casa al hombre que me hizo creer que ya era tarde para vivir.
La abogada se llamaba Patricia Aranda y tenía una oficina pequeña cerca de Chapultepec. Me recibió con café negro y ojos de mujer que ya había escuchado demasiadas historias parecidas.
—¿La casa está a nombre de quién?
—De los 2.
—¿El coche?
—A mi nombre. Lo compré con la herencia de mi papá, pero Mauricio lo presume como suyo.
Patricia sonrió apenas.
—Entonces vamos a empezar por el coche.
Ese coche era el orgullo de Mauricio: un deportivo rojo ridículo para un hombre que se burlaba de mi edad mientras él intentaba parecer de 30. Lo lavaba cada sábado, le tomaba fotos, decía que era “su última gran compra”.
Lo vendí 2 días después a un coleccionista de Zapopan. Cuando vi que se lo llevaban en una grúa, no sentí culpa. Sentí aire.
Después fuimos al banco. No vacié lo que no debía; hice algo mejor: protegí mi parte, cancelé tarjetas adicionales, bloqueé cargos sospechosos y pedí estados de cuenta de los últimos 5 años. Ahí apareció todo.
Hoteles boutique. Cenas para 2. Joyas. Ropa de mujer. Y al final, 2 boletos a Roma pagados con una tarjeta que yo liquidaba cada mes porque Mauricio decía que “la administración de la casa era cosa mía”.
—Esto nos sirve —dijo Patricia—. Infidelidad, abuso patrimonial y disposición de recursos comunes para beneficio de terceros.
Antes de que Mauricio se fuera, hubo otra comida familiar. Él anunció su “convención internacional” con voz de triunfador. Renata, según él, iría como apoyo administrativo.
Mi nieta Sofía, de 16 años, preguntó:
—¿Y mi abuela? Ella siempre quiso ir a Italia.
Mauricio soltó una carcajada.