Diego creía que el miedo me hacía débil.
Nunca entendió que el miedo también puede volver a una mujer cuidadosa.
Agitó el sobre frente a mi cara.
“¿Qué demonios es esto?”
Yo no grité. No lloré.
Solo dije:
“Mi seguro.”
Su rostro cambió.
Después vino el golpe.
Mi espalda pegó contra el barandal. Mis pies perdieron el piso. Escuché su grito, el crujido de la madera y luego mi cabeza chocando contra el escalón.
Todo se apagó.
Cuando volví a abrir los ojos, Diego me cargaba en la entrada de urgencias del Hospital Español, actuando como el esposo desesperado de una telenovela.
“¡Mi esposa se cayó de las escaleras!”, gritaba. “¡Por favor, ayúdenla!”
Su camisa blanca estaba manchada con mi sangre.
Su anillo brillaba bajo las luces del hospital como si fuera prueba de amor.
Una enfermera me subió a una camilla.
Diego se acercó a mi oído.
“Diles que te caíste.”
Yo apenas podía respirar.
“Me caí”, susurré.
Él sonrió.
Entonces entró la doctora Marcela Robles.
Tenía unos cincuenta años, cabello recogido, mirada firme y una calma que daba miedo.
Me revisó en silencio.
No solo vio la herida nueva.
Vio los moretones amarillos bajo mi brazo.
Las marcas de dedos cerca de mi cuello.
La cicatriz delgada escondida en mi cuero cabelludo.
No me preguntó nada.
Solo miró directo a Diego y dijo: