—Está en shock hipovolémico y séptico. 2 horas más y no la contaba. ¿Por qué demonios nadie la llevó a urgencias?
Alejandro miró a Ramiro con 1 asco profundo y visceral.
—Yo me llevo a los 2 niños —le dijo Alejandro a Lucía, sacando 1 tarjeta negra para cubrir todos los gastos en la mejor clínica—. Tú te vas con tu mamá en la ambulancia. Te doy mi palabra de que nadie las va a separar.
Lucía lo miró con esos ojotes llenos de lágrimas. En su corta vida, nadie le había cumplido 1 sola promesa, pero la desesperación la hizo asentir.
En el hospital privado más caro de la capital, el dinero hizo su magia. Quirófano listo, incubadoras de primera, donadores de sangre y los mejores cirujanos trabajando de madrugada.
Mariana entró directo a cirugía de emergencia. El pronóstico era reservado.
Alejandro se quedó en la sala de espera con Lucía y los gemelos, que por fin dormían en paz después de tomarse las 2 latas de leche.
La niña, abrazando sus rodillas en 1 sillón de piel, rompió el silencio.
—Él no es el papá de mis hermanitos —susurró, con la mirada clavada en el piso—. Mi papá de verdad se fue al cielo hace 7 meses. Ramiro nomás llegó a la casa a meterse.
—Decía que nos iba a cuidar, pero empezó a vender todo lo de valor. Y luego le pegaba a mi mami para que no llorara, y nos amenazaba con regalarnos a la calle.
Alejandro sintió 1 nudo en la garganta. Esa historia le pegaba en lo más profundo de sus cicatrices. Él también creció viendo a su madre esconder los golpes de 1 cobarde.
A las 3 de la madrugada, llegó la agente de la Fiscalía, 1 licenciada de traje impecable.
—Señor Castillo, activamos el protocolo. El sujeto tiene antecedentes. Pero hay algo mucho más podrido en este caso que simple violencia intrafamiliar.
La fiscal abrió 1 carpeta pesada y sacó 1 documento sellado.
—Mariana no huyó del hospital público. Ramiro la sacó a la fuerza hace 5 días. Falsificó la firma del alta médica para encerrarla en ese cuarto y dejarla pudrirse.
—¿Por qué carajos haría algo así si se estaba desangrando? —preguntó Alejandro, con las manos hechas puño.
—Por pura avaricia —respondió la fiscal implacable—. Descubrimos que el esposo legal de Mariana, Julián, falleció en 1 trágico accidente de trabajo.
—Ramiro la tenía aislada e incomunicada para obligarla a endosarle el cheque de la indemnización por viudez. 1 suma que supera los 3 millones de pesos.
Alejandro frunció el ceño, tratando de procesar la monstruosidad de la situación.
—¿Qué empresa le iba a pagar esa indemnización tan grande?
La fiscal leyó la hoja oficial con seriedad.
—1 corporación muy conocida llamada Transportes Castillo del Norte.
El silencio en la sala fue tan pesado que casi asfixiaba.
Alejandro sintió que el mundo se detenía por completo. Transportes Castillo del Norte era su empresa. Su imperio logístico.
—Tráigame ese expediente completo. Ahora mismo —exigió con voz de trueno.
En menos de 1 hora, su equipo de abogados le mandó los archivos confidenciales a su teléfono.
Julián Torres, chofer. Muerte en patio de carga. Indemnización autorizada y pagada por la empresa. Pero el dinero había sido “retenido” por 1 supuesto gestor de 1 fundación externa que ayudaba a familias vulnerables.
Alejandro leyó el nombre del gestor y la sangre le hirvió en las venas.
Ricardo Morales.
El mismo gerente del supermercado. El mismo infeliz que hace unas horas había llamado “ratera” a Lucía y la había humillado frente a toda la clientela.
Todo era 1 maldita red de corrupción y buitres. Ricardo usaba su puesto en el súper como fachada, mientras manejaba esa “fundación” fantasma para extorsionar a las viudas de la empresa de Alejandro, coludido con basuras como Ramiro.
Ricardo sabía perfectamente quién era Lucía. Sabía que la niña tenía hambre. Sabía de los 3 millones. Y en lugar de darle su dinero, la humilló y la dejó ir bajo la tormenta por 2 simples latas de leche.
Alejandro no era 1 hombre explosivo, pero esa noche, iba a destruir vidas. Iba a hacer que desearan no haber nacido.