PARTE 1
Lucía salió corriendo del supermercado como alma que lleva el diablo. La lluvia implacable de la Ciudad de México le golpeaba la cara, pero a sus 8 años, los insultos le dolían mucho más que el frío de esa noche oscura.
“¡Lárgate de aquí, pinche ratera muerta de hambre!”, le había gritado el gerente de la tienda, dándole un empujón que casi la tira al asfalto mojado.
La niña no soltó las 2 latas de leche de fórmula. Las abrazaba contra su pechito empapado como si fueran el tesoro más grande y sagrado del mundo.
Alejandro Castillo, 1 de los empresarios más pesados del país, lo vio todo desde las cajas. Algo en los ojos de esa chamaca le revolvió el estómago por completo.
No era malicia lo que vio en su mirada, era pura y absoluta desesperación. Pagó las 2 latas de leche en silencio y, sin pensarlo mucho, salió del lugar para seguirla de lejos.
Caminó detrás de ella por calles que cada vez se ponían más pesadas, esquivando charcos y puestos ambulantes hasta llegar a 1 vecindad en obra negra, de esas que huelen a humedad, a pobreza extrema y a total olvido.
Lucía se metió a 1 cuartito con techo de lámina. La puerta de madera estaba a medio cerrar.
Alejandro se acercó despacio. Lo primero que escuchó fue el llanto débil, casi apagado por el hambre, de 2 bebés.
—Ya llegué, hermanitos, ya no lloren… neta ya traje la lechita —decía la niña con la voz quebrada por el miedo—. Mami, por favor, ya despierta. Ya no te enojes, mira lo que conseguí.
El empresario empujó la puerta y se quedó congelado. El cuarto era un maldito escenario de terror.
En el fondo, sobre 1 colchón asqueroso tirado en el piso, estaba 1 mujer joven. Pálida como la cera. Con los labios resecos y los ojos en blanco.
Lucía la zangoloteaba con sus manitas mojadas, pero la mujer no respondía en lo absoluto.
Alejandro sintió que le faltaba el aire. Entró sin pedir permiso. La niña dio 1 brinco, aterrada, como 1 animalito acorralado.