El día que salí del juzgado de lo familiar, con el acta de divorcio doblada dentro de mi bolsa negra, mi exmarido no tuvo ni siquiera la decencia de mirarme a la cara.
Caminaba delante de mí como si acabara de ganar una guerra, con su traje italiano, sus lentes oscuros y esa sonrisa pequeña, venenosa, que solo usan los hombres cuando creen que han dejado a una mujer sin nada.
Me llamo Valeria Montes, tengo treinta y ocho años, nací en Puebla, pero durante diez años viví en la Ciudad de México escondida detrás de un apellido que nadie respetaba.

Para la familia de mi esposo, yo era “la muchachita sencilla” que había tenido la suerte de casarse con Rodrigo Aranda, director general de una agencia de publicidad en Reforma, dueño de una casa en Las Lomas, socio de empresarios, amigo de políticos, señor de restaurantes caros y brindis con champaña.