“Me acabo de casar con Fernanda, mi compañera de la oficina. Tú sigue con tu vida triste, Mariana.”
Ese mensaje me llegó a las 2:47 de la madrugada, mientras yo estaba dormida en el sillón de mi casa en Querétaro, con la televisión prendida sin volumen y una cobija hasta la cintura.
Raúl, mi esposo, supuestamente estaba en Cancún por una capacitación de la empresa. Me había dicho que regresaba el jueves, que todo era trabajo, juntas aburridas y cenas con clientes.

Leí la pantalla tres veces.
“Llevamos casi un año juntos. Hoy nos casamos en la playa. No hagas dramas. Siempre fuiste demasiado fría para mí.”
No grité. No lloré. Ni siquiera sentí ganas de aventar el celular contra la pared. Lo único que sentí fue una calma rarísima, como si mi cuerpo ya hubiera llorado por mí en otro momento y ahora solo quedara hacer lo correcto.
Raúl y yo llevábamos siete años casados. La casa era mía desde antes de conocerlo. Yo la había comprado con años de trabajo como contadora en una empresa de lácteos.
Él siempre decía que éramos “un equipo”, pero ese equipo funcionaba porque yo pagaba la hipoteca, las tarjetas, el súper, los seguros y hasta las multas que él acumulaba por manejar como adolescente.
Le respondí una sola cosa:
“Qué bien.”