No era la misma de antes, por supuesto. Aquella se había perdido hacía décadas. Pero cuando tocó los primeros acordes de un bolero antiguo, mi corazón reconoció la melodía.
Era la canción que él me cantaba cuando éramos jóvenes.
No la tocó perfecto.
Sus dedos ya no eran ágiles.
La voz se le quebró varias veces.
Pero para mí fue el concierto más hermoso de mi vida.
Al terminar, apoyé la cabeza en su hombro.
—¿Sabes algo? —le dije.
—¿Qué?
—Pensé que cuando descubriera la verdad iba a odiar a todos.
Alejandro me miró con suavidad.
—¿Y no odias?
Miré las flores moradas caídas sobre el suelo.
—No. Ya no tengo edad para cargar odio. Prefiero cargar tu mano.
Él entrelazó sus dedos con los míos.
—Entonces no la sueltes.
—No pienso soltarla.
Los meses siguientes trajeron una paz que nunca había conocido.
Mis hijos empezaron a visitarme más seguido. No solo para dejar dinero o medicinas, sino para quedarse a comer, arreglar el jardín, escuchar historias. La hija de Alejandro comenzó a llamarme “doña Isabel” al principio, luego “Isabel”, y finalmente, una tarde mientras lavábamos platos juntas, se le escapó un “mamá Isabel”.
Las dos nos quedamos quietas.
Ella se puso roja.
—Perdón, no quise incomodarla.
Yo le tomé la mano.
—A mí no me incomoda tener otra hija.
Desde entonces, nuestra familia dejó de dividirse entre “los míos” y “los suyos”.
Se volvió simplemente nuestra.
En Navidad, llenamos el patio de luces. Mis nietos rompieron una piñata mientras Alejandro fingía asustarse cada vez que el palo pasaba cerca de él. Cocinamos pozole, buñuelos y tamales. Al final de la noche, cuando todos estaban cansados, Alejandro y yo nos quedamos sentados frente al nacimiento.
Él me miró en silencio.
—¿Te arrepientes?
—¿De qué?
—De haberte casado conmigo después de saber todo.
Sonreí.
—Alejandro, si algo me duele, es no haberme casado contigo antes. Pero como eso ya no se puede cambiar, pienso disfrutar cada día que nos quede.
Él me besó la frente.
—Entonces hagamos algo.