A los 65 años, me volví a casar con mi primer amor, diez años después de la muerte de mi esposo, con la aprobación de los hijos de ambas familias. Pensé que, al fin, mi vejez encontraría un poco de paz. Pero jamás imaginé que, en la primera noche después de la boda, descubriría un secreto estremecedor que mi nuevo esposo había ocultado durante más de cuarenta años.

Yo miré a mis hijos, a mis nietos, a la hija de Alejandro, a aquel hombre sentado junto a mí con la caja de cartas abiertas frente a todos.

Y por primera vez en muchos años, mi casa no se sintió grande ni vacía.

Se sintió viva.

Con el tiempo, la verdad dejó de doler como una herida abierta y empezó a doler como una cicatriz: seguía allí, pero ya no sangraba.

Alejandro y yo no intentamos recuperar cuarenta años en una semana.

Aprendimos a vivir despacio.

Cada mañana, él preparaba café de olla con canela mientras yo calentaba pan dulce en el comal. Después salíamos al patio a regar las plantas. Él cuidaba sus cactus; yo cuidaba mis geranios. A veces discutíamos por tonterías, como dos viejos testarudos: que si el café tenía demasiada azúcar, que si él olvidaba sus pastillas, que si yo regaba demasiado la bugambilia.

Pero incluso nuestras discusiones tenían ternura.

Un mes después, Alejandro me llevó a la vieja preparatoria donde nos habíamos conocido.

El edificio había cambiado. La entrada era distinta, el muro estaba recién pintado y ya no quedaban muchos árboles de aquella época. Pero, al fondo del patio, seguía viva una jacaranda.

Vieja.

Torcida.

Hermosa.

Alejandro se quedó mirándola largo rato.

—Aquí te esperaba —dijo.

Yo tomé su mano.

—Y yo siempre caminaba más despacio para verte más tiempo.

Él rió.

—Lo sabía.

Nos sentamos bajo aquel árbol como dos adolescentes escondidos del mundo.

Entonces Alejandro sacó de una bolsa pequeña una guitarra.