PARTE 3
Salí de la casa de mi padre con una parte del alma hecha pedazos y otra encendida como nunca. Antes de buscar a Roberto, pasé por mi casa. Carlos, mi segundo marido, estaba en la sala con el celular en la mano.
—Ahí viene la santa de los pobres —se burló—. ¿Ya le diste limosna a tu exmarido vagabundo? La gente acaba así porque quiere.
Lo miré como si lo viera por primera vez. Traje caro, reloj caro, corazón vacío.
—Vete de mi casa, Carlos.
Se rió.
—¿Qué?
—Que te vayas. Hoy. No puedo compartir mi vida con alguien que se burla de un hombre que se sacrificó por amor mientras tú no sacrificarías ni una comodidad por nadie.
Gritó, amenazó, me llamó loca. Pero esa vez no tuve miedo. En una hora estaba haciendo maletas.
Esa noche encontré a Roberto en una banca cerca de la Plaza de la Merced, envuelto en una cobija delgada. Al verme, se levantó asustado.
—Mariana, no deberías estar aquí.
No respondí. Lo abracé. Lo abracé con todo el dolor que había acumulado en cinco años de ignorancia.
—Ya sé todo, Roberto. Fui con mi papá. Sé que cargaste con una culpa que no era tuya para salvarme.
Su cuerpo se puso rígido.
—No debiste enterarte.
—Tú no debiste destruirte solo.
—No quería que perdieras a tu padre. Ni tu libertad.
Lloré contra su pecho.
—Me salvaste la vida y me dejaste creer que eras un fracasado. ¿Cómo pudiste cargar con eso?
Él bajó la mirada.
—Porque te amaba. Y porque aunque nos hubiéramos separado, nunca dejé de querer que estuvieras bien.
Esa noche lo llevé a un hotel. No aceptó al principio, hasta que le dije:
—No es caridad. Es justicia.
Vendí mi camioneta, unas joyas y parte de mis inversiones. Mi padre firmó una declaración completa aceptando su responsabilidad moral y documental. No fue fácil; hubo abogados, trámites, revisiones, humillaciones. Pero poco a poco el nombre de Roberto empezó a limpiarse.
También lo llevé al médico. Tenía anemia, una tos vieja, dientes dañados y una tristeza que no salía en ningún estudio. Aun así, cada semana lo vi recuperar algo: la espalda recta, la voz firme, la mirada de maestro.
Tres meses después nos vimos en una cafetería del centro. Entró con una camisa azul sencilla, bien planchada. Parecía él otra vez.
—Me aceptaron en una preparatoria pública —dijo sonriendo—. Empiezo el lunes. Historia de México.
Lloré sin vergüenza.
—Te devolvieron lo que nunca debieron quitarte.