Mi padre tragó saliva.
Mariana bajó la mirada.
—Además —dijo el oficial—, el teléfono de Sofía Ramírez muestra actividad continua desde su domicilio durante la hora del accidente. Mensajes, audios y conexión a internet. No hay indicios de que haya estado en el lugar del choque.
Sofía me apretó la mano.
El abogado miró a mis papás.
—Ustedes firmaron que vieron a Sofía manejar.
Mi mamá empezó a tartamudear.
—Estaba oscuro… pensamos que…
—No pensaron —la interrumpí, sin gritar—. Eligieron.
Mariana rompió en llanto.
—Me asusté, ¿okay? Solo quería dar una vuelta. El carro se me fue. No sabía qué hacer. Mis papás dijeron que si decía que fui yo me iban a meter a la cárcel.
—Entonces señalaste a una niña —dijo Ricardo.
Nadie respondió.
Mi papá intentó justificarse.
—Claudia, fue un error. Somos familia.
Me reí, pero no porque me diera gracia.
—¿Familia? Familia era Sofía cuando ustedes firmaron una mentira contra ella. Familia era mi hija cuando la policía tocó mi puerta a medianoche y ella preguntó si la iban a arrestar.
Mi madre lloró.
—No queríamos lastimarla.
—Pero lo hicieron.
El oficial cerró la carpeta.
—Sofía Ramírez queda fuera de cualquier investigación relacionada con el accidente. En cuanto a Mariana y a los señores, se revisarán posibles cargos por declaración falsa y uso no autorizado del vehículo.
Mariana empezó a sollozar más fuerte. Mi madre le tomó la mano. Como siempre. Protegiéndola incluso en el momento en que todo se caía.
Yo solo miré a Sofía.