Mi hija Sofía, de quince años, ya estaba dormida. La había visto meterse a su cuarto una hora antes, con su playera enorme de la secundaria y su crema de lavanda, como todas las noches.
Abrí la puerta y encontré a dos policías municipales.
—¿Usted es Claudia Ramírez? —preguntó uno.
Asentí.
—El vehículo Honda Civic gris, placas… ¿está a su nombre?
Sentí que el estómago se me cayó al piso.
Ese carro era el regalo de quince años de Sofía. Nuevo, sencillo, seguro. Lo había pagado con años de esfuerzo, turnos extras y vacaciones que nunca tomé.
—Sí, es mío. ¿Qué pasó?
El oficial bajó la mirada.
—Estuvo involucrado en un choque contra un árbol, afuera de la casa de sus padres, en la colonia Chapalita. Testigos dijeron que su hija iba manejando y huyó.
Por un segundo no entendí nada.
—Mi hija está dormida —dije—. No ha salido de la casa.
Los policías se miraron entre ellos, como si ya hubieran escuchado esa frase mil veces.
—Necesitamos hablar con ella.