Y a veces, como en mi caso, la esperanza se convierte en destino.
Yo no elegí la tormenta. No elegí la violencia. No elegí la herida.
Pero sí elegí no quedarme atrapada en el frío.
Elegí volver la vista hacia la luz.
Elegí que la niña que fui no quedara enterrada en un vertedero ni en un expediente amarillento, sino transformada en una voz que pudiera alcanzar a otros.
Por eso, cada vez que termino un cuadro, dejo algún detalle rojo escondido en algún rincón: un listón, una flor, un poncho, una luna pintada apenas. Es mi manera de recordar a la niña del cartel. De recordarme a mí misma. De decirle al mundo que seguimos aquí.
Que sobrevivimos.
Que volvimos a casa.
Y que nadie, nunca más, volverá a arrojarnos a la tormenta.