PARTE 1
“Ustedes comen en la cochera, Mariana. Total, tú siempre has vivido de sobras.”
Mi hermana Verónica no lo dijo bajito. No se le quebró la voz. No le dio vergüenza. Me puso tres platos desechables en las manos y volvió al comedor como si acabara de acomodar a unos invitados incómodos, no a su propia sangre.
Era Nochebuena en Santa Fe, de esas noches frías en la Ciudad de México donde las luces parecen más bonitas cuando uno no se siente tan fuera de lugar. Adentro, la casa de Verónica brillaba con velas, copas de cristal, esferas doradas y una mesa larguísima llena de bacalao, romeritos y pavo. Afuera, mis hijos Diego y Sofía se quedaron viéndome en silencio.
Diego tenía doce años y ya había aprendido a apretar la mandíbula cuando quería llorar. Sofía, de nueve, abrazaba el refractario de ensalada de manzana que habíamos preparado juntas como si todavía creyera que alguien iba a agradecerlo.
—¿De verdad vamos a comer ahí, mamá? —preguntó.
Yo sonreí. No porque quisiera, sino porque una madre a veces se rompe por dentro y por fuera se queda completa para que sus hijos no se asusten.
—Solo un ratito, mi amor.