Yo sobreviví porque me quedé quieta cuando quería gritar. Porque escuché ese susurro interno que decía: espera, observa, protege a tu hijo.
Hoy preparo café cada mañana y escucho a Mateo reír con los primos de Mariana. Ese sonido vale más que cualquier venganza. No sé si algún día sanaré por completo, pero sé algo: nunca volveré a confundir amor con miedo.
Porque el amor verdadero no te silencia.
No te hace dudar de tu cordura.
Y jamás, jamás, se sirve en un plato con veneno.