Caí al suelo y jalé a Mateo conmigo, fingiendo desmayarme. Con la poca fuerza que me quedaba, le apreté la mano una sola vez. Él entendió. Mi niño, mi Mateo, se quedó quieto.
Eduardo se acercó. Sus zapatos quedaron frente a mi cara.
—Ya estuvo —susurró—. En un rato los dos dejan de respirar.
Luego caminó hacia el pasillo, como si acabara de sacar la basura.
Cuando escuché cerrarse la puerta, acerqué mis labios al oído de mi hijo y dije:
—No te muevas todavía.
Porque lo que pasó después… no se lo deseo ni a mi peor enemiga.
PARTE 2
No sé cuánto tiempo esperamos en ese piso. Tal vez fueron treinta segundos. Tal vez diez minutos. El miedo hace que el reloj se vuelva loco.
Cuando por fin escuché el portón cerrarse, abrí los ojos apenas. La cocina estaba vacía. El plato de Eduardo seguía casi intacto. Él no había comido. Claro que no.
—Mateo —susurré—, al baño. Despacio.
Mi hijo gateó temblando. Yo lo seguí arrastrando las piernas, como si fueran costales mojados. Llegamos al baño de visitas y abrí la llave para que el ruido del agua tapara cualquier sonido. Luego hice lo único que mi entrenamiento como enfermera y mi instinto de madre me gritaban: saqué todo de mi cuerpo.
Mateo lloraba mientras intentaba vomitar.
—Mamá, ¿por qué papá nos hizo esto?
No pude contestarle. No todavía. Porque si decía la verdad en voz alta, me iba a romper ahí mismo.
Intenté llamar al 911, pero mi celular estaba muerto. No descargado. Muerto. Sin encender. Busqué el teléfono de casa. Nada. La línea cortada.
Eduardo lo había planeado.