Yo me callaba por Mateo.
Por eso, cuando aquel jueves Eduardo llegó temprano y dijo que iba a preparar la cena, quise creer que era una señal. Hizo arrachera, puré de papa y ejotes con ajo. Mateo estaba feliz. “Mi papá va a cocinar”, repetía como si fuera Navidad.
Pero algo no cuadraba.
Eduardo nunca cocinaba. Ni huevos sabía hacer sin quemarlos. Aun así, puso música de Luis Miguel, abrió una botella de agua mineral y nos sirvió con una sonrisa demasiado fija.
El puré sabía raro. Muy mantequilloso, pero con un fondo amargo. Mateo hizo una mueca.
—Mamá, me duele la panza.
Entonces sentí el mareo. No como cuando te baja la presión. Era más profundo, más oscuro. Los dedos se me adormecieron. La lengua se me puso pesada. Miré a Eduardo y él no corrió a ayudarnos. Estaba junto al fregadero, lavándose las manos con calma.
Ahí lo entendí.