—Ma, ya bajé el video. Ya estuvo. La gente exagera todo.
—¿La gente? —pregunté—. ¿O por fin alguien les dijo lo que yo nunca me atreví?
Mauricio golpeó la mesa con la palma.
—Si esto es por el dichoso pastel, ya supéralo. Somos tus hijos.
Lo miré largo rato.
—Mis hijos fueron los niños a los que cargué con fiebre en la madrugada. Los jóvenes a los que les pagué carreras. Los adultos a los que les di dinero para enganches, deudas y divorcios. Pero los que se sentaron en mi comedor a llamarme vieja inútil… esos no sé quiénes son.
Patricia empezó a llorar.
—¿Y qué quieres? ¿Que te pidamos perdón de rodillas?
—Quiero que entiendan que una madre también se cansa.
Entonces se los dije.
—Cambié mi testamento. Cada uno recibirá un peso. Todo lo demás irá al comedor de San Judas y a personas que sí saben agradecer un plato caliente.
El silencio fue brutal.
Javier palideció.
—No puedes hacer eso.
—Ya lo hice.
Mauricio se levantó furioso.
—Esa casa también es nuestra.
—No. Es mía. La compré con Ernesto cuando ustedes todavía dormían abrazados a sus cobijas.
Patricia susurró:
—Papá no hubiera querido esto.
Ahí sí me dolió. Pero no bajé la mirada.
—Su padre murió preguntando por ustedes. Ninguno llegó a tiempo porque estaban ocupados. No usen su nombre para tapar su vergüenza.
Mauricio salió dando un portazo. Patricia lo siguió llorando. Javier se quedó un segundo más.
—Ma… ¿de verdad nos vas a dejar sin nada?
Me levanté despacio.