Ahora, después de la beatificación de Carlo en 2020, Marco finalmente puede hablar y lo que revela es impactante. Las últimas palabras de Carlo no fueron de miedo, no fueron súplicas de ayuda, fueron palabras que un paramédico ateo jamás esperaría escuchar. Quédate hasta el final porque revelaré exactamente lo que Carlos le dijo a Marco en ese viaje final. Prepárate para transformarte. Mi nombre es Marco Valdini, tengo 52 años. Llevo 31 años trabajando como paramédico en Monza, Italia. He transportado miles de pacientes, accidentes de tráfico, infartos, partos de emergencia, intentos de suicidio, sobredosis.
En tres décadas creí que lo había visto todo. Había visto muerte, había visto sufrimiento, había visto a personas en sus peores momentos y en todos esos años había desarrollado lo que mis colegas llaman distancia profesional. No te involucras emocionalmente, haces tu trabajo, estabilizas al paciente, lo transportas, entregas. Siguiente llamada. era mi forma de sobrevivir en este trabajo, porque si te involucras emocionalmente con cada paciente, no durarías ni un año. Pero el 11 de octubre de 2006 a las 10:47 a recibí una llamada que rompería esa distancia profesional, una llamada que me cambiaría para siempre, aunque en ese momento no lo sabía.
Unidad siete, código amarillo, traslado hospitalario, paciente pediátrico, 15 años, leucemia aguda. Traslado desde domicilio a Hospital San Gerardo. Eso fue todo lo que dijo el despachador. Código amarillo significaba urgente, pero no crítico. Paciente estable para transporte. Era mi quinta llamada del día, nada especial. O eso pensé. Mi compañero ese día era Luca, un paramédico joven con apenas dos años de experiencia. Nos subimos a la ambulancia y condujos hacia la dirección indicada, vía Arienti 13, Monza, un edificio de apartamentos de clase media, normal, ordinario.
Llegamos en 8 minutos. Cuando tocamos la puerta, una mujer de unos 40 años abrió. Sus ojos estaban rojos de llorar. “Gracias por venir tan rápido”, dijo con voz quebrada. Mi hijo, mi hijo está muy mal. Necesita llegar al hospital inmediatamente. Algo en su voz me inquietó. No era pánico ordinario, era algo más profundo. Era la voz de una madre que sabía que estaba perdiendo a su hijo. Espera, antes de continuar con esta historia, necesito que hagas algo fundamental.
No era el caos usual de una emergencia médica familiar. No había gritos, no había histeria, solo una tristeza profunda mezclada con aceptación. La madre Antonia nos guió hacia una habitación. Está aquí, mi Carlos. Abrimos la puerta y vi a un adolescente delgado, extremadamente pálido, acostado en su cama. Tenía el cabello oscuro, ojos hundidos por la enfermedad, pero lo que me impactó fueron esos ojos. A pesar del sufrimiento obvio, había vida en ellos, claridad, conciencia. “Hola”, dijo con voz débil pero clara.
“Ustedes deben ser los paramédicos. Gracias por venir. Un adolescente de 15 años muriendo agradeciéndome por hacer mi trabajo. En 25 años de carrera hasta ese punto, ningún paciente había comenzado así. Ninguno. Luca comenzó a tomar los signos vitales mientras yo preparaba la camilla. ¿Cómo te sientes, Carlos? Preguntó Luca con el tono alegre que usamos con pacientes jóvenes. Carlos sonrió levemente, débil, pero en paz, muy en paz. Presión arterial 9050, baja. Pulso 110, elevado. Respiración 24, laboriosa. Temperatura 38.5.
Fiebre, saturación de oxígeno 88%. Preocupante. Médicamente estaba mal, muy mal. Necesitaba estar en el hospital. ¿Cuánto tiempo llevas sintiéndote así?, Le pregunté mientras colocábamos la máscara de oxígeno. Empeoró hace dos días, respondió. Pero sé que es tiempo. Tiempo de ir al hospital. Tiempo de prepararme. La forma en que dijo prepararme me hizo pausar. No dijo mejorar o recibir tratamiento. Dijo prepararme como si supiera, como si supiera lo que venía. Vamos a llevarte al hospital, Carlo. Le dije con mi voz profesional.
confortante. Los doctores van a cuidarte. Él me miró directamente a los ojos. Lo sé, pero no es lo que piensas. Trasladamos a Carlo a la camilla. Pesaba tal vez 40 kg. La leucemia lo había consumido. Mientras lo cargábamos, noté algo en su mesa de noche. Una computadora laptop, libros sobre santos, un rosario, una foto de la Virgen María y algo que me llamó la atención, un cuaderno con el título Milagros. Eucarísticos del mundo. ¿Eres religioso? Le pregunté mientras lo asegurábamos en la camilla.
Era solo conversación casual, algo para mantenerlo ca