—Si me deja quedarme, puedo preparar la cena—, dijo la joven sin hogar al granjero viudo, mientras detrás de sus ojos se escondía un secreto que podía cambiar para siempre la vida de aquella casa desierta.
La tranquera crujió cuando Mariana empujó la madera vieja con la mano que no sostenía la maleta. El sol ya se estaba recostando sobre los cerros, y una luz naranja, cansada y hermosa, bañaba el patio de una hacienda que parecía rendida. En el corredor, de pie como si llevara siglos sin descansar de verdad, estaba Julián Ortega.
Sostenía en brazos a un bebé que lloraba con un quejido débil, de esos que ya no piden, apenas resisten. A su lado, una niña de unos seis años observaba a la desconocida con unos ojos demasiado serios para una criatura tan pequeña. La cocina, vista desde la puerta abierta, estaba en penumbras. El fogón estaba apagado. Y el olor que salía de esa casa no era olor de comida ni de hogar: era olor de abandono.
Mariana respiró hondo.