Los médicos pronunciaron un diagnóstico agresivo, rápido y devastador, uno de esos que cambian el aire de una familia antes incluso de que termine la frase.
Elías fue ingresado casi de inmediato, y la combinación de tratamiento, complicaciones y sufrimiento desordenó la vida de los Morales con una violencia insoportable.Exclusive: Carlo Acutis as seen by his mother
Gabriel siguió predicando algunos domingos al principio, intentando proyectar autoridad espiritual mientras su hijo se retorcía en una cama al otro lado de la ciudad.
Hablaba de fe, de prueba, de fortaleza, pero al regresar al hospital descubría que ninguna de sus certezas doctrinales calmaba el dolor de aquel muchacho.
Elías había sido siempre más callado que su padre, más observador, menos inclinado a repetir consignas y mucho más sensible de lo que Gabriel toleraba.
De pequeño le gustaban los cielos nocturnos, la electrónica y los documentales, y ya adolescente soportaba con educación las prédicas furiosas de su padre.
Nunca fue rebelde, pero tampoco devoto como esperaba la congregación, y eso producía en Gabriel una decepción sorda que jamás confesó en voz alta.
Cuando el dolor aumentó, Elías dejó de fingir cualquier fortaleza juvenil y comenzó a hacer la única pregunta que Gabriel no sabía responder honestamente.
Preguntaba por qué Dios permitía tanto sufrimiento si Él podía intervenir, y el pastor respondía con textos bíblicos que sonaban correctos, pero vacíos.
Elena veía esa distancia y sufría doblemente, porque estaba perdiendo a su hijo y asistiendo al derrumbe espiritual silencioso del hombre con quien había vivido treinta años.
La noche del 8 de marzo, mientras Gabriel dormía unas horas sobre una silla de hospital, Elena recibió un mensaje de su prima Teresa.