Durante cuarenta y tres días, Elías había vivido doblado por un dolor que ni la morfina ni las oraciones desesperadas de su madre lograban domar.Pastor se Burló de Milagros de Carlo Acutis… pero lo que …
Los médicos discutían afuera de la habitación con voces tensas, tratando de entender un cambio clínico que no aparecía lógico en ninguna curva de evolución.
Gabriel sostenía en una mano la Biblia con la que había predicado contra la idolatría durante casi tres décadas, y en la otra escondía una estampa.
La estampa mostraba el rostro de un muchacho italiano muerto a los quince años, un nombre que él había pronunciado con desprecio desde el púlpito innumerables veces.
Ese nombre era Carlo Acutis, y la sola idea de tenerlo entre sus dedos habría destruido su reputación si cualquiera de sus fieles lo descubría.
Hasta cuarenta y ocho horas antes, Gabriel seguía siendo el pastor principal de la Iglesia Evangélica Renacer en Cristo, una congregación orgullosa de su claridad doctrinal.
Durante veintisiete años construyó aquella iglesia desde un local alquilado con sillas plásticas prestadas hasta convertirla en una referencia respetada de Iztapalapa.
Cada domingo subía al púlpito con traje azul oscuro, corbata roja impecable y una autoridad tan firme que muchos lo escuchaban como si oyera la voz de Dios.
El templo tenía pantallas gigantes, sonido profesional, paredes blancas y una liturgia perfectamente ordenada alrededor de su predicación apasionada y cuidadosamente afilada.
Gabriel se había especializado, sobre todo en los últimos cinco años, en desmontar públicamente las prácticas católicas con una agresividad que sus fieles celebraban.
No se limitaba a defender su lectura del Evangelio, sino que atacaba santos, imágenes, reliquias y devociones populares con una mezcla de ironía y superioridad.
Decía que la Iglesia había prostituido la fe sencilla de Cristo, reemplazando el poder del Evangelio por estampas, procesiones y una necesidad infantil de mediadores.
Cuando empezó a circular el nombre de Carlo Acutis entre católicos de México, Gabriel lo convirtió en uno de sus ejemplos favoritos.
Se burlaba de la idea de un “santo millennial” con tenis, portátil e internet, afirmando que era marketing piadoso para disfrazar supersticiones con lenguaje moderno.
Llamaba a Carlo un producto emocional diseñado para jóvenes confundidos, y advertía a su congregación que toda devoción ajena a Cristo era engaño puro.
Los videos de esas prédicas circularon por grupos evangélicos, y Gabriel llegó a sentirse orgulloso de su capacidad para desarmar, con versículos, cualquier entusiasmo católico.
Su esposa Elena intentó suavizar a veces aquel tono, pero él respondía que el error debía atacarse de frente para proteger la pureza doctrinal.
Todo siguió así hasta que Elías, su único hijo, comenzó a sentirse cansado a finales de enero con una fiebre extraña y dolores óseos cada vez peores.
Al principio pensaron en un cuadro viral severo, luego en una infección, después en un problema hematológico, hasta que las pruebas los arrojaron al abismo.