Alejandro bajó la mirada, abrumado por la culpa. Aquel 1 domingo por la mañana, tenía planeado asistir a un almuerzo con 1 viejo amigo de la UNAM, 1 de los pocos que aún le dirigía la palabra. Sin embargo, a mitad de camino por el Periférico, la vergüenza de tener que explicar su miseria lo paralizó. Dio la vuelta en su viejo auto de 4 cilindros y regresó a la mansión horas antes de lo previsto.
Al abrir la pesada puerta principal de roble, un silencio inusual lo recibió. Normalmente, Carmela tenía la radio encendida escuchando rancheras en la cocina. Alejandro caminó por el pasillo hacia el cuarto de servicio. La puerta estaba entreabierta. Al asomarse, la respiración se le cortó de golpe.
En el centro de la pequeña cama, había cientos de fajos de billetes de 500 y 1000 pesos, cuidadosamente apilados. Y en medio de esa fortuna, arrodillada en el suelo y contando el dinero con manos temblorosas, estaba Carmela. Al escuchar los pasos, ella levantó la mirada y el terror absoluto desfiguró su rostro. El mundo de Alejandro se detuvo. No podía creer lo que estaba a punto de suceder…
PARTE 2
“¡Don Alejandro!”, gritó Carmela, poniéndose de pie de un salto, pálida como un fantasma. Los billetes cayeron al suelo esparciéndose por las baldosas. “¡Usted regresó temprano!”.
Alejandro sentía que el aire le quemaba los pulmones. La habitación daba vueltas a su alrededor. “¡143820 pesos!”, alcanzó a leer en una libreta abierta sobre la cama. Sus ojos pasaban del dinero al rostro aterrado de la mujer que había vivido en su casa por 15 años. La traición le clavó un puñal ardiente en el pecho.
“¿Qué es esto, Carmela?”, su voz salió como un rugido sordo y quebrado. “¿Me estás robando? ¿De dónde sacaste todo este dinero? ¡Explícamelo ahora mismo!”.
“¡No, patrón, por la Virgen de Guadalupe que no es lo que piensa!”, sollozó ella, juntando las manos en un gesto de súplica desesperada, con las lágrimas empapando sus mejillas morenas. “¡Yo jamás le robaría ni 1 solo centavo! ¡Se lo juro por mi vida!”.
“Entonces, ¿de dónde salió todo esto?”, exigió Alejandro, señalando la inmensa cantidad de dinero que contrastaba brutalmente con la pobreza del pequeño cuarto de servicio.
“¡Es suyo!”, gritó Carmela, cayendo de rodillas frente a él. “¡Es todo suyo, don Alejandro! Cada billete, cada peso. Es para usted”.