
El despertador de su buró no sonó, pero ya no era necesario. Alejandro Garza, un hombre de 58 años, abrió los ojos exactamente a las 5:47 AM. Su cuerpo mantenía la memoria muscular de una época que ya no existía, aquellos tiempos donde cada minuto representaba millones de pesos en la Bolsa Mexicana de Valores y cada segundo de retraso podía hundir un contrato de bienes raíces en la zona de Polanco. Ahora, despertar temprano en su inmensa y vacía mansión en Lomas de Chapultepec era solo una cruel tortura.
Hace 3 años, Alejandro lo perdió absolutamente todo. Una serie de traiciones de sus socios, inversiones desastrosas y un fraude corporativo lo dejaron en la ruina. Su exesposa, Lorena, no tardó ni 2 meses en pedirle el divorcio tras enterarse de la bancarrota. “No firmé 22 años de matrimonio para ser la esposa de un pobre”, le gritó antes de empacar sus bolsos de diseñador y marcharse a vivir con un político a otra zona exclusiva de la Ciudad de México.