—Ser enfermera es servir café con estetoscopio —decía frente a todos.
Lilia escuchaba y bajaba la mirada. Tenía buenas calificaciones, pero no era una niña de diplomas colgados en la pared. Era callada, observadora, terca por dentro. Mi padre la llamaba “normalita”, como si ser normal fuera una sentencia.
Todo explotó cuando Marcos fue aceptado en una universidad privada carísima en Estados Unidos. Mi padre abrió tequila de reserva, Vicente lloró, Patricia aplaudió como si el muchacho hubiera salvado al país. Nadie mencionó que Vicente estaba quebrado. Sus negocios de autos usados habían fracasado, debía dinero a medio Puebla y ya había vendido 2 propiedades.
3 semanas después, mi padre me llamó.
—Reunión familiar el domingo a las 2. Trae a Lilia.
No preguntó si podía. Ordenó.
Ese domingo, la sala estaba llena. Vicente, su esposa, Marcos con una sudadera de su universidad, Patricia con sus uñas rojas y mi padre en su trono. No hubo saludo. Solo un discurso sobre el apellido, el legado, el futuro.
Luego mi padre me miró.
—Sabemos que tu abuela Margarita dejó $50,000 dólares para la educación de Lilia. Ese dinero debe usarse en Marcos. Él sí tiene futuro.
Sentí que el piso se abría.
—Ese dinero es de mi hija.
Patricia soltó una carcajada.
—¿Para qué lo necesita? ¿Para una carrera mediocre? Tu hija es promedio, Regina. Va a terminar como tú, trabajando hasta morirse por un sueldo triste.
Lilia apretó mi mano debajo del sillón.