allí.
No podía darme más datos, pero con eso bastaba.
Conduje hasta Santa Lucía bajo una llovizna fina que ensuciaba el parabrisas y me obligaba a parpadear a cada rato.
Me temblaban las manos tanto que tuve que detenerme una vez para respirar.
Cuando llegué al edificio, un bloque viejo de tres pisos con balcones estrechos, no sabía si quería encontrar respuestas o salir huyendo.
La vi antes de bajar del coche.
Maggie salía de una tienda con una bolsa de naranjas y otra de medicamentos.
Caminaba más despacio que antes, encorvada, pero era ella.
La misma mujer que había llorado sobre mi hombro en un cementerio, la misma a la que yo había sostenido económicamente durante más de sesenta meses.
Esperé a que entrara al edificio y la seguí unos segundos después.
Subió hasta el segundo piso.
Cuando llegó a una puerta verde, rebuscó en el bolso sus llaves.
En ese instante, por puro instinto, saqué el teléfono y activé la grabadora de voz.
No sabía bien por qué.
Solo sentí que iba a necesitar una prueba de que no me estaba volviendo loco.
La puerta se abrió desde dentro antes de que Maggie pudiera meter la llave.
Una voz femenina dijo que había tardado demasiado.
Yo reconocí esa voz antes de ver el rostro.
Emily apareció en el marco de la puerta con una camiseta gris, el pelo más corto y una taza en la mano.
Se quedó inmóvil.
La taza se le resbaló de los dedos y estalló contra el suelo.
Maggie giró, me vio y el color se le fue de la cara de golpe.
Nadie habló durante varios segundos.
Yo sentía el corazón golpeándome tan fuerte que me dolía el pecho.
Emily respiraba rápido.
Sus ojos se abrieron con una mezcla de terror y vergüenza, como si hubiera imaginado muchas veces ese momento pero nunca creyera de verdad que iba a llegar.
—¿Quién enterré yo? —fue lo primero que pude decir.
Emily cerró los ojos un segundo.
Cuando volvió a abrirlos, su voz salió baja, casi rota.
—A nadie.
Me quedé mirando su cara.
Buscando algo reconocible, algo que conectara a la mujer que había amado con la persona que tenía enfrente.
Pero lo único que encontré fue una versión endurecida, cansada, más vieja por dentro.
Entré al apartamento porque si me quedaba en el pasillo iba a desplomarme.
Era un lugar pequeño, con olor a café recalentado y humedad.
Había mantas dobladas en un sillón, medicinas sobre la mesa y dos tazas en la cocina.
Todo eso, tan cotidiano, fue más brutal que cualquier otra cosa.
Mi esposa no estaba muerta.
Mi esposa había seguido viviendo.
Emily empezó a hablar atropelladamente, como si llevara años conteniendo un discurso y temiera perder la oportunidad.
Me contó que antes del supuesto accidente ya estaba hundida en deudas que yo no conocía.
Había pedido préstamos para cubrir tratamientos de Maggie, había escondido recibos, había usado tarjetas compartidas y había falsificado una firma mía en un crédito que no sabía cómo pagar.
En medio de ese desastre empezó una relación con un hombre llamado Diego y creyó que huir sería más fácil que confesármelo todo.
Según ella, al principio pensó en desaparecer sin más.
Luego Diego le dijo que, si simplemente se marchaba, yo la buscaría.
Un primo