Sentí un frío raro, seco, nada parecido al miedo.
Como si alguna parte de mí hubiera estado esperando ese momento sin decírmelo.
Revisé el calendario, pedí dos días libres y tomé las llaves del coche.
Me convencí de que solo iba a resolver un trámite y a asegurarme de que Maggie estuviera bien.
El camino hacia el pueblo se me hizo larguísimo.
La carretera bordeaba tramos de mar, colinas peladas y estaciones de servicio donde alguna vez habíamos parado Emily y yo.
Cada curva traía un recuerdo: su risa cuando se equivocaba de canción, su manía de apoyar los pies descalzos en el tablero, su costumbre de dormirse con la cabeza contra la ventana cuando confiaba en mí al volante.
Llegué con la garganta cerrada y los nudillos blancos de apretar demasiado el volante.
El pueblo seguía oliendo a sal y a metal húmedo.
Las casas bajas, las fachadas desconchadas, los perros durmiendo bajo las motos.
Pero había algo distinto.
La casa de Maggie tenía las persianas medio caídas, el jardín seco y una capa de polvo en la baranda que no coincidía con una mujer meticulosa como ella.
Toqué una vez.
Luego otra.
Nadie abrió.
Esperé varios minutos en el porche hasta que una vecina salió de la casa de al lado con una bolsa de pan bajo el brazo.
Me miró de arriba abajo con curiosidad, como intentando ubicarme en algún recuerdo.
Le pregunté por Maggie.
Ella frunció el ceño y dijo que ya no vivía allí.
Sentí un vuelco en el estómago.
Le expliqué que yo era el yerno de Emily, que venía desde la ciudad, que necesitaba hablar con ella.
La vecina entonces soltó una frase que todavía hoy puedo escuchar con la misma claridad insoportable.
—Se fue hace tiempo.
Creo que a Santa Lucía.
Se llevó sus cosas cuando regresó su hija.
Recuerdo que me reí.
No por gracia, sino por puro reflejo.
Esa risa hueca que sale cuando la realidad acaba de desajustarse y el cerebro todavía intenta sostenerla.
Le dije que su hija estaba muerta.
Que yo mismo había estado en el entierro.
La mujer me miró como se mira a alguien que no sabe una verdad obvia.
—Pues yo la vi —dijo—.
Hace dos veranos.
Más flaca, con el pelo más corto, pero era ella.
Entró a la farmacia con Maggie.
No sé cuánto tiempo estuve parado en esa vereda.
El mar sonaba al fondo, un camión pasó despacio y un niño cruzó la calle arrastrando una bicicleta.
Todo seguía moviéndose con normalidad mientras por dentro yo acababa de romperme.
Entré al único café de la plaza con las piernas flojas.
Le enseñé a la dueña una foto vieja de Emily que llevaba en la billetera.
La mujer tardó apenas dos segundos en reconocerla.
Me dijo que la había visto un par de veces, siempre con gorra o pañuelo, siempre nerviosa, siempre mirando hacia la puerta.
No parecía un fantasma.
Parecía alguien que no quería ser encontrada.
Fui directo a la sucursal del banco que había hecho la llamada.
Después de revisar mi identificación y escuchar una versión resumida de la historia, el gerente accedió a decirme que la cuenta de Maggie había sido actualizada dieciocho meses antes con una nueva dirección en Santa Lucía, una ciudad pequeña a cuarenta minutos de