A la mañana siguiente todo quedó claro. Mientras la familia disfrutaba de la piscina, de la música y del descanso, yo era la única que se movía en la casa. Preparando cosas, recogiendo, organizando, sin que nadie me preguntara si quería ayudar o si estaba cansada. Era como si mi descanso no existiera.
Al mediodía, mi esposo entró en la cocina, miró las bolsas del supermercado sin abrir y me habló con total naturalidad como si fuera mi obligación. Me dijo que su madre estaba cansada, que yo cocinaba mejor y que debía preparar el almuerzo para todos. En ese instante entendí que aquello no era un viaje en pareja ni unas vacaciones. Era una excusa para trasladar todas mis responsabilidades a otro lugar y convertirme en la persona que trabajaba mientras los demás disfrutaban.