Con los años, aprendimos a valorar las cosas pequeñas: un desayuno compartido, una caminata tranquila, una risa inesperada, un día sin complicaciones.
Descubrimos que la felicidad no está en la perfección, sino en la constancia, en el cariño diario, en no rendirse cuando las cosas se ponen difíciles. Y así, poco a poco, construimos una vida que muchos dijeron que nunca existiría.