Ambos tenemos síndrome de Down, y desde el principio la gente nos miraba con dudas, como si nuestra vida estuviera ya escrita por otros. Pero nosotros decidimos escribir la nuestra propia historia. Nos casamos sin garantías, sin aprobación total, pero con algo mucho más fuerte:
amor, paciencia y una voluntad enorme de aprender juntos. Desde el primer día empezamos desde cero, aprendiendo cosas que para muchos parecen simples, pero para nosotros eran grandes logros: cómo organizar una casa, cómo cocinar sin miedo, cómo manejar nuestras rutinas diarias, cómo apoyarnos cuando algo salía mal.