Saqué una vieja máquina de coser que una vecina me había regalado y empecé a trabajar.
Durante tres noches apenas dormí.
Corté, cosí, uní retazos de seda con manos temblorosas y corazón lleno de recuerdos. Cada pieza del vestido llevaba algo de ella.
Cuando terminé, era un vestido de patchwork en tonos marfil, con pequeñas flores azules cosidas a mano.
Cuando Melissa se lo puso, giró frente al espejo.
Sus ojos brillaban.
—¡Papá… parezco una princesa!
Y en ese momento, supe que todo había valido la pena.
El día de la graduación, entramos al gimnasio de la escuela tomados de la mano.
Melissa caminaba orgullosa, con su vestido único.
Por un momento, pensé que todo iba bien…
Hasta que escuché una risa.
Una mujer con gafas de diseñador y ropa cara nos miraba desde un grupo de padres.
—Dios mío —dijo riéndose—. ¿De verdad alguien hizo ese vestido?