Desde entonces, solo quedamos mi hija Melissa y yo.
Tiene seis años. Es pequeña, llena de energía, y a pesar de todo lo que hemos perdido, sigue sonriendo como si el mundo aún fuera un lugar seguro.
Pero la vida no es fácil.
Trabajo reparando sistemas de calefacción y aire acondicionado. Hago turnos dobles cuando puedo, pero aun así, el dinero nunca alcanza. Cada vez que pago una factura, aparece otra que me espera como si nunca terminara.
Una tarde, Melissa llegó corriendo de la escuela, casi saltando de emoción.
—¡Papá! ¡La graduación de kínder es el viernes! ¡Tenemos que vestirnos elegantes!
Luego bajó la voz un poco:
—Todos van a llevar ropa nueva…
Esa noche revisé nuestra cuenta bancaria.
No había forma. Comprar un vestido nuevo era un lujo imposible.
Entonces recordé algo.
A mi esposa le encantaban los pañuelos de seda. Tenía docenas: florales, bordados, colores suaves que guardaba como pequeños tesoros. Después de su muerte, los había guardado en una caja, intactos, como si tocarla fuera romper algo sagrado.
Esa noche, abrí la caja.
Y tomé una decisión.