“La utilizó”.
La expresión de Julia vaciló a medida que se extendían los murmullos, y sus ojos se desviaron entre los invitados.
“La utilizó”.
Se dio la vuelta y volvió a entrar sin mirarme.
No necesité quedarme a ver el resto. Me fui a casa y esperé.
***
Una hora más tarde, un automóvil entró en mi casa lo bastante rápido como para esparcir gravilla.
Los ojos de Julia brillaban cuando abrí la puerta. “¡Quita esa ridícula pancarta! Te he dicho que pagaré a Naomi”.
“¡Tuviste dos semanas!”.
“Son 900 dólares. Dije que me encargaría”.
Me fui a casa y esperé.
“Pero no lo hiciste”.
Julia exhaló y sacó el teléfono. “Vale. Lo transferiré ahora mismo”.
“A mí no”. Me volví y llamé hacia el pasillo. “Naomi, ¿puedes venir un momento, cariño?”.
Mi hija apareció en la puerta, cautelosa, al ver a Julia de pie en nuestra entrada con el teléfono apagado y la compostura mantenida por muy poco.
“Hazlo delante de ella”, le dije.
“De acuerdo. Lo transferiré ahora mismo”.
Julia miró a Naomi un momento. Luego abrió su aplicación bancaria.
“¿Número de cuenta?”.
Noemí se lo dio.
Tres toques. Una pausa. Entonces el teléfono de Naomi zumbó sobre la mesa del pasillo. Lo levantó, miró la pantalla y volvió a dejarlo.
Luego asintió una vez. No estaba emocionada. Ni aliviada. Sólo segura.
Tres toques. Una pausa.
Pero aún no había terminado. “Discúlpate con mi hija”.
Los labios de Julia se apretaron tanto que palidecieron. Luego miró a Naomi.
“Lo siento, Naomi”.
Naomi hizo un pequeño gesto con la cabeza. “De acuerdo”.
Julia regresó a su automóvil sin decir nada más.
Aquella misma noche, Naomi estaba sentada a la mesa de la cocina con el teléfono en la mano, mirando la confirmación del traslado.
“Discúlpate con mi hija”.
“No pensaba que fuera a salir así, mamá”.
“¿Cómo pensabas que iría?”.