…Hasta que dejé de creerle.

Sus manos temblaban.

—Camila… siéntate.

—No me voy a sentar —respondí, con la voz quebrándose—. Quiero saber qué está pasando.

Silencio.

Pesado.

Hasta que finalmente habló.

—Ese dinero… —empezó—. Nunca se usó aquí.

Sentí que el mundo se me venía encima.

—¿Cómo que no se usó aquí?

—Tu hermano… Ángel…

Mi respiración se cortó.

—¿Qué pasa con Ángel?

Mi mamá cerró los ojos.

—Se metió en problemas.

—¿Qué tipo de problemas?

—Deudas… malas compañías… apuestas…

Cada palabra era un golpe.

—No… —murmuré—. Él me prometió que iba a cuidar todo…

—Lo intentó —dijo ella—. Pero no pudo.

Sentí rabia.

Dolor.

Confusión.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Por qué no me dijiste?

Me miró.

Y por primera vez… vi culpa en sus ojos.

—Porque tú ya habías dado demasiado.

—¡Por eso mismo! —grité—. ¡Tenía derecho a saber!

—No quería romperte —susurró—. No quería que todo tu sacrificio se sintiera en vano.

Las lágrimas empezaron a caer sin control.

—¿En vano? —repetí—. Mamá… yo no tengo nada allá. Nada. Todo lo hice por ustedes.

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